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Tu recuerdo

Madrid, a 2 de septiembre de 2022

Rosa Sánchez de la Vega. Escritora.

Han pasado casi tres meses, desde la última vez que nos vimos. Y cada una de esas noches estoy en vela, tratando de entender cuales son mis sentimientos hacia ti.
Me pregunto si el amor, si el cariño que me has dado es real…aunque la respuesta es sí porque lo he visto en tus ojos. El mismo amor que hay en mi alma y en mi corazón.
Sé que me había enamorado de ti de una manera diferente, con el ardor propio de juventud y la sensatez y la cordura de quien ha vivido muchos años. Te quería con locura y me moría de ganas de besarte. También ahora.
Durante todo este tiempo has llamado a mi puerta día tras día intentado hacerte el encontradizo en varias ocasiones, pero siempre te he esquivado.
Y así habría seguido, hasta aquella mañana que cogí el autobús para una de mis revisiones médicas.
Me senté al fondo del todo en el asiento con ventanilla para distraerme con un recorrido más que aprendido. Los viajeros fueron tomando asiento.
De pronto te vi y tú también a mí, porque no dejaste de mirarme sonriendo. Feliz.
Me pareció la sonrisa más bonita que he visto nunca y tal vez sin darme cuenta me contagié de ti.
Pero cuando te sentaste en el asiento contiguo, me sentí incómoda, acorralada. Aunque nada podía hacer.
—Buenos días ¡qué alegría verte!
—Buenos días.—Respondí.
—Vas al centro, supongo.
—Sí. Voy…—Me puse a buscar un pretexto para contestarte, e inventarme por qué había cogido el autobús, y en ese momento me di cuenta de que no recordaba en realidad a dónde iba ni por qué. No quería dejarme llevar por el pánico, no quería que me notases vulnerable…así que dejé de pensar.
Creo que te diste cuenta, y me ayudaste contestando tú.
—Yo me bajo casi al final pues voy al polígono, tengo que comprar cosas para seguir con los arreglos de la casa.
Al llegar a mi parada, te pusiste de pie para dejarme pasar y el recuerdo de tu olor volvió a mi, y entonces solo con ver tus labios moverse, tu boca entreabierta, tus dientes, tu lengua, tu aliento. Sentí que el rubor, el calor interno y por qué no decirlo la excitación, volvían.
Inhalaste mi perfume, vi como se llenaban tus pulmones y me sentí dichosa porque cuando nos separásemos, te llevarías parte de mi.
—¿Te apetece?
—¿Qué? me giré hacia ti, aún de pie junto a tu asiento mientras yo me sujetaba a la barra del autobús ya en el pasillo, y tu me advertías que habías llegado a mi parada, sacándome de mi ensimismamiento, cautivada de nuevo por ti y volviendo a situarme, y centrarme donde estaba.
—Ah, sí; es verdad—contesté avergonzada por la tentación de volver a besar tus labios, y que tal vez tú, te habrías dado cuenta.
—Hasta luego—me despedí, esperando que las puertas se abrieran.
—¿Aurora?
—¿Sí?
—¿Que si te apetece un café?
—¿Pero ahora?—te contestaba con un pie en el primer escalón, asidas ambas manos a la barra. Mantuve mi cabeza girada, apurando hasta el último segundo, para seguir viéndote; las puertas estaban a punto de cerrarse.
—Nó, tranquila. Cualquier otro día que te venga bien—me dijiste en voz alta, haciendo partícipe de ello a los demás viajeros.
—Hoy mismo si quieres—respondí, pero dudo que tú ya me escuchases. A mi espalda y ya sobre la acera, sentí como las puertas del autobús se cerraban de golpe y reanudaba la marcha. Tan solo unos momentos contigo, habían hecho que se borrasen todos los días, semanas, meses que he estado huyendo de ti.

***

Y aquí estoy tomando un café contigo, no sé si escucho lo que me estás contando, o mientras remueves sin parar con la cucharilla el azúcar— que ya debe haberse disuelto del todo—estés pensando qué vas a decirme, o quizás esperas a que sea yo quien hable primero.
Te miro y pienso si debo decirte que tengo miedo a dejar que mis sentimientos, mi pasión, mi deseo, mis labios en los tuyos, mi piel, tu piel, fundirnos en uno solo va a permanecer en mi y voy a secar capaz de no olvidarlo.
Me llevo la taza a la boca para ayudarme. Mis ojos que siento humedecidos, mi nariz que parece hincharse de neutros olores, tratando de definir uno solo, los zumbidos en mis oídos que enturbian tu voz ahora lejana. Y me sujeto con fuerza ante el precipicio del olvido que vuelve a entrometerse entre nosotros.
—¡Eh! ¡Oye!—¿Estás bien?—me preguntas al tiempo que coges mi mano. La siento cálida, reconocida.
Noto el café ardiendo que me quema la lengua y el paladar, llegando aún caliente a mi garganta. Pero aguanto la quemazón que siento. Te miro. Y todo se revoluciona por dentro.
—Te has abrasado seguro. El café está muy caliente aún.
—Sí, pero no mucho. Tengo frío, así entraré en calor.—Y aunque trates de disimularlo, veo en tus ojos que sientes el mismo deseo que yo.
—Estás colorada como un tomate, te va a salir el calor del café por las orejas.—Abres la boca y los ojos riéndote, por lo que acabas de decir. Buscas contagiarme sin que pueda aunque quisiera resistirme. Y en ese momento sé que no voy a permitirle a mi memoria que borre volver a sentirte en mí.

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