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“Un mundo que agoniza…”  Miguel Delibes (1979)

Puerto de Béjar, 2 de septiembre de 2022

Pepe Blanco Blázquez. Opinador.

La peculiaridad del ecologista reside en que sus profecías, en sus malos augurios, no hay fuerzas sobrenaturales causantes de los males que nos amenazan o capaces de salvarnos de ellos.
Para la ecología el único malo es la especie humana que, aun cuando sea la más inteligente de todas, o quizás por serlo, está poniendo en peligro muy a corto plazo la habitabilidad del planeta para sí y para las demás especies.
El análisis de las contradicciones entre desarrollo económico y destrucción medioambiental no es nuevo. Lo que es nuevo es la intensidad de la destrucción, en la razón al crecimiento demográfico exponencial y la creciente eficacia de las herramientas humanas, así como la capacidad de los ecologistas para medir y, sobre todo, para extrapolar las consecuencias del daño.
Cuando se empezaron a producir asentamientos humanos en torno a fábricas o minas -y ese es el origen de muchas ciudades -, las consecuencias para la salud de las actividades industriales eran muy nocivas y, a las infecciones propias de la época, se unían enfermedades respiratorias o circulatorias que diezmaban tanto a los propios trabajadores como a la población circundante. De ahí deriva la división urbana entre barrios altos, habitados por pudientes, y barrios bajos, cercanos al trabajo. Todavía, en pleno siglo XX, ciudades como Londres tenían un grado de contaminación tal que hizo célebre su niebla permanente.
La contaminación de ríos, el deterioro de valles y bosques era lo normal, porque el sistema productivo carecía de controles y hasta la segunda mitad del siglo no empezaron a dictarse medidas que fueran más allá de la mínima protección a los trabajadores.
La recuperación de la naturaleza dañada, la reforestación…son medidas de hace varios años, a lo sumo. Y, con los temas de la contaminación del aire, del agua y del suelo comenzó el debate ecologista en los años setenta.
Hoy asistimos a un cambio cualitativo en razón a la presión de las herramientas de análisis y a la aplicación de muchos científicos a estos temas. Antes había una evidencia directamente observable: la gente podía ver la contaminación del aire, ponerse enferma con los residuos tóxicos o comprobar la desaparición de las especies fluviales. Pero hacía falta mayor sofisticación de la metodología para comprobar el creciente calentamiento de la atmósfera, la destrucción de la capa de ozono, la destrucción de los bosques tropicales o la inmensa perdida de la biodiversidad.
De hecho, hasta 1973 no se produjo la primera descripción científica de la destrucción de la capa de ozono, que se basaba en los estudios de varios expertos químicos sobre el efecto del uso de los clorofluorocarbonos y, en esas fechas, comenzaron los análisis sobre los otros temas colectivos. Ha hecho falta también que la humanidad tome conciencia de su unidad; y de origen y destino; y de su inevitable solidaridad puede depender la salvación del planeta
Y acabo, con una cita magistral de Miguel Delibes extraída del ensayo cuyo título me he permitido usar en esta columna: “Mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro”.

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