Vanessa Montfort- Escritora y dramaturga
Nuestra recomendación de lectura viene de la mano de una escritora y dramaturga: Vanessa Montfort, que con “La Toffana”, su novela galardonada con el Premio Primavera de Novela 2025, la autora rescata del olvido a Giulia Toffana, figura histórica envuelta en leyenda, quien junto a su madre Teophania d’Adamo, su hija Gerónima Carrozzi y la prostituta Giovanna de Grandis, creó una red clandestina de venenos en la Roma barroca. El célebre Aquatoffana, indetectable, se convirtió en un arma letal para liberar a mujeres atrapadas en matrimonios violentos.
Por Rosa María Sánchez de la Vega.
–¿Qué te llevó a escribir sobre una figura tan polémica como Giulia Toffana?
–Me atraen los personajes históricos rescatables, sobre todo aquellos desconocidos o marginados, como heroínas, villanas o figuras complejas. En el caso de Toffana, me impactó cómo la historia borró uno de los juicios más mediáticos de su época, siendo ella una asesina en serie en un momento en que las mujeres no tenían voz ni voto. ¿Cómo pudo una mujer siciliana llegar a Roma, infiltrarse en la corte papal y organizar una red de envenenamientos? Esa intriga me empujó a escribir.
–Se ha dicho que fue la primera psicópata documentada de la historia. ¿Coincides?
–Es un tema muy debatido entre psiquiatras forenses. Muchos señalan que la psicopatía puede surgir de la violencia, la falta de afecto o la desprotección en la infancia. Giulia vio morir a su madre, Teophania d’Adamo, ajusticiada por haber matado a su marido maltratador. Ella misma fue refugiada por monjas. Esa violencia marca. A menudo, las víctimas del maltrato prefieren definirse como supervivientes. Así veo yo a Toffana: superviviente y asesina, víctima de un sistema donde el feminicidio era legal.
–¿Quién era su madre, Teophania d’Adamo?
–Una mujer culta, alquimista, boticaria, que experimentaba con plantas y minerales. En una época de guerras y plagas, las mujeres comenzaron a ser expulsadas del ámbito médico. Muchas fueron tachadas de brujas. Teophania representa esa sabiduría femenina que se intentó borrar. Su muerte fue el origen del camino de Giulia.
–El veneno Aquatoffana ha pasado a la historia como un arma perfecta. ¿Qué simolizaba?
–Era más que un veneno: era un medio de liberación. Toffana mejoró la fórmula, la hizo indetectable, y al mismo tiempo desarrollaba remedios, tónicos, tratamientos de fertilidad y fórmulas abortivas. Su red comenzó en barrios humildes como el Trastevere y se expandió hacia las clases altas. Su modelo de distribución recuerda al de una venta piramidal: las clientas se convertían en vendedoras. Y todo esto en un contexto donde los hombres podían matar a sus esposas con impunidad si sospechaban infidelidad.

–¿La inquisición fue el gran enemigo?
–El inquisidor Stefano Bracchi es una figura clave. Él está convencido de cumplir la voluntad divina, pero usa métodos brutales. Representa esa doble moral de la época. Al mismo tiempo, el sistema judicial te consideraba culpable hasta demostrar lo contrario. La delación era moneda corriente. Los juicios se documentaban con detalle, con notarios y asesores científicos, pero se torturaba para obtener confesiones. Me interesan esas contradicciones: personajes que creen hacer el bien mientras ejercen la violencia.
–¿Quién era Giovanna de Grandis, una de las acusadas clave en el juicio?
–Es un personaje histórico fascinante. Ex prostituta, muy inteligente, era amiga íntima de Toffana y una pieza clave en la red de distribución. La sorprenden con una botella del Aquatoffana, lo que desencadena el juicio. Era leal y operaba como filtro entre las clases bajas y la burguesía. Mientras Toffana dirigía desde las sombras, Giovanna era la cara visible entre las mujeres.
–¿Y Gerónima, la hija de Giulia?
–Hay dudas históricas sobre si era realmente su hija o una discípula. Ella fue quien introdujo el veneno entre la nobleza, lo que al final precipitó la caída de la red. Cada una de estas mujeres jugó un papel diferente, pero estaban unidas por el deseo de sobrevivir y ayudar a otras.
–En este contexto, los conventos también tienen un papel ambiguo.
–Sin duda. La abadesa de los Siervos de María, por ejemplo, usaba fórmulas abortivas. Era una clienta fiel. Los conventos eran tanto cárceles como refugios. Muchas mujeres entraban obligadas, por no tener dote. Pero también podían hallar ahí cierta autonomía. En el caso de Toffana, sabemos que tras su ejecución, sus cuerpos no recibieron lápida ni memoria.
–¿Roma como escenario tiene un peso muy fuerte en la novela?
–Absolutamente. La Roma del siglo XVII era una ciudad oscura, caótica, corrupta. El Coliseo se usaba como cantera de piedra. Convivían artistas, ladrones, cardenales y cortesanas. Era una ciudad llena de contrastes. Las mujeres del sur, como Toffana, eran consideradas casi bárbaras: supersticiosas, ignorantes. Sin embargo, ella logró: unir a prostitutas y condesas en una misma causa. El veneno cruzaba todas las clases sociales.
–¿Al final, todas las mujeres compartían el mismo destino?
–Así es. No importaba el rango: eran vistas como propiedad. Sus dotes pasaban a sus maridos. Si enviudaban, otro hombre de la familia se hacía cargo de ellas. Incluso las nobles eran instrumentos para forjar alianzas. Por eso el veneno se convirtió en un arma de empoderamiento. Para muchas, era la única salida.
–¿Qué conclusión sacas de todo esto? ¿Era Toffana una heroína, una criminal, una víctima?
–Creo que fue todo eso a la vez. Una figura trágica, compleja. Tenía una misión, un sentido de justicia. Vivía en un mundo donde el maltrato era norma, no excepción. Su legado no es solo criminal: es un grito de resistencia femenina.