
Por Rosa María Sánchez de la Vega
Madrid, a 2 de noviembre de 2025.
Este mes recomendamos Lo que sé de Almudena (Tusquets, 2025), un libro que no es una biografía, ni pretende serlo, pero que dice más sobre Almudena Grandes que muchas de las páginas ya escritas sobre ella. Rafael Reig ha optado por escribir desde la intimidad, desde la memoria, desde el cariño sin cursilería, con la ironía justa y la fidelidad de fondo. Y el resultado es un retrato que no idealiza, pero sí conmueve.
La primera foto que aparece en el álbum de mis recuerdos es la última, ya no volvió a verla”, escribe Reig al inicio. Y así comienza este homenaje, que no busca cerrar nada, sino más bien seguir conversando con alguien que ya no está. Lo que sigue no es un panegírico, sino una forma de pasar por el corazón —recordar, en el sentido más literal— a una mujer que fue escritora, amiga, madre, lectora apasionada, polemista brillante y cronista sentimental de este país.
Se conocieron hace unos 30 años, en jurados, cócteles literarios, fiestas. Luego, casualidades del día a día, acabaron llevando a sus hijas al mismo colegio. Y ahí, en la acera, entre meriendas y madrugones, la relación se volvió cotidiana, fraterna. La admiración ya estaba antes: Reig admite que su primera novela erótica, en la colección “La Sonrisa Vertical”, fue “muy útil para muchos”. Pero con el tiempo, la afinidad se fue haciendo también de ideas, de respeto, de diferencias y de complicidades.
Uno de los pasajes más memorables del libro —y también de esta conversación con Rosa Pagina— es el de la teoría del descansillo. Reig le dijo una vez que sus descripciones eran demasiado largas, que no hacía falta tanto detalle. Y Almudena le contestó con contundencia: “Eso es un descansillo. Como cuando subes una escalera y hay un sitio para sentarte. El lector no es tonto, pero sí necesita respirar”. Una forma de entender la literatura como hospitalidad: el lector no corre, baila con el ritmo que le marca la autora. “No puedes bailar a Galdós a ritmo de rock”, dice Reig. Almudena enseñaba a leer de otra manera. Más lenta, más plena.
En esa forma de narrar había una ética. Una fidelidad. “Almudena nunca traicionó a sus lectores”, dice Reig, porque escribía para ellos, no para la academia ni los críticos. Le gustaba hablar con la gente, entender sus preocupaciones. Su literatura se nutría de ese contacto directo. Y a cambio, esa “mayoría silenciosa” la respaldaba, la leía, la buscaba. De ahí venía su libertad: “Su marxismo tenía libertad. Sus lectores eran su garantía”.
El libro también habla de cómo contar desde la pérdida. Reig no cae en el sentimentalismo, pero tampoco se escuda en la distancia. “Contarla es recordarla”, dice. “Y recordar es volver a pasar por el corazón”. No intenta cerrar el duelo, ni organizarlo. Simplemente comparte cómo esa amistad cambió algo en su vida, la hizo más ancha, más honda, más divertida.
No es un libro sobre la enfermedad. Reig no habla de salud. No lo hacía con ella ni con nadie. “Si alguien me dice que está malo, jamás pregunto por qué ni de qué”, bromea. Pero no desde la frialdad, sino desde esa forma suya de afrontar la vida sin dramatismo, con un poco de whisky y un punto de distancia irónica.
También hay espacio para la política. Almudena la vivía con pasión, pero también con humor. “De la derecha, principalmente, nos reíamos. Era muy divertido hablar de ellos, lo ponían fácil”, dice Reig. Pero también se reían de la izquierda. “Nada era sagrado. Y si algo te interesa, te tienes que poder reír de ello”.
Hacia el final, el libro y la conversación abordan cómo podría ser recordada. Reig no quiere monumentos. Quiere que se la lea, sobre todo por quienes no saben quién fue Almudena Grandes. Por lectores jóvenes que un día se tropiecen con uno de sus libros y descubran algo inesperado. Como si alguien les pasara una novela con una nota que diga: “Toma, léetelo”.
“Para alguien, un día, leerla será como descubrir a alguien que nadie más conoce en el mundo. Como si llevara droga en las páginas”, dice.
Ese deseo de que Almudena siga viva en las lecturas es, probablemente, el centro emocional de este libro. No se trata solo de un tributo, sino de una apuesta: seguir pasándola por el corazón, seguir leyéndola, seguir compartiéndola. Lo que hace Reig no es cerrar una historia, sino abrirla. Y en ese gesto generoso, íntimo, está toda la grandeza de este libro.