
Por Rosa María Sánchez de la Vega.
Madrid, a 2 de septiembre de 2026.
Hay novelas históricas que nos llevan al pasado y otras que consiguen algo bastante más difícil: obligarnos a mirarlo sabiendo que algunas de sus preguntas siguen demasiado cerca. Nuestra recomendación de lectura para este mes pertenece a las segundas.
Una petición educada. Un cuadro. Una familia que comprende que negarse quizá ya no sea una opción. No hace falta que nadie levante la voz ni que aparezca una amenaza escrita para entender que el poder acaba de entrar en la casa.
Así comienza El falsificador, la nueva novela de Rafael Tarradas, y también ahí está una de sus mayores fortalezas: contar el momento en el que la violencia todavía puede disfrazarse de normalidad.
Cuando un cuadro deja de ser solo un cuadro
Italia, 1938. Hitler visita el país de Mussolini y el régimen pone los ojos sobre una obra perteneciente a la familia Viel. Lo que inicialmente se presenta como una petición para exhibirla durante la visita del Führer encierra algo mucho más inquietante: quienes la reciben saben que rechazarla puede tener consecuencias.
Tarradas coloca así al lector en un territorio incómodo. Porque el expolio no comienza necesariamente con alguien derribando una puerta. Puede comenzar con una carta perfectamente redactada, con una petición aparentemente legítima y con la certeza de que quien pregunta posee suficiente poder como para convertir cualquier negativa en un riesgo.
El arte se convierte entonces en patrimonio, memoria familiar, símbolo de pertenencia y, finalmente, en una forma de resistencia.
La familia decide abandonar Italia ante el avance de la persecución, pero Flavia se niega a marcharse. Quiere permanecer, defender aquello que considera suyo y enfrentarse, incluso desde una posición casi imposible, a quienes creen que pueden decidir sobre la vida y las pertenencias de los demás.
El lector conoce algo que los personajes todavía no saben: sabemos hasta dónde llegará aquello. Y esa ventaja histórica vuelve especialmente inquietante la lectura. Mientras ellos todavía dudan, nosotros querríamos advertirles.
Hitler y la obsesión por poseer la belleza
Pero El falsificador no utiliza el arte únicamente como escenario de la trama. Lo convierte en una manera de hablar del poder.
Hitler quiso ser artista antes de convertirse en dictador. Fue rechazado por la Academia de Bellas Artes de Viena y, años después, desde el poder, desarrolló una enorme obsesión por reunir las obras que consideraba dignas del gran proyecto cultural alemán que imaginaba.
Tarradas se detiene precisamente en esa contradicción: qué ocurre cuando la belleza deja de producir admiración y comienza a provocar deseo de posesión.
Porque contemplar una obra y querer tenerla no son exactamente lo mismo.
En la novela, poseer arte significa también exhibir poder. Elegir qué merece conservarse y qué debe desaparecer supone decidir qué cultura importa, qué memoria permanece y quién tiene derecho a escribir la Historia.
Y frente a esa maquinaria aparece una posibilidad inesperada: engañarla.
Una mentira para proteger la verdad
Aquí entra en juego la falsificación.
Juan debe conseguir algo aparentemente imposible: crear una obra capaz de sustituir al original sin despertar sospechas. Y eso obliga a la novela a entrar en un mundo fascinante: pigmentos antiguos, lienzos envejecidos, craquelados, procedencias, documentos y todas esas huellas que permiten determinar si aquello que estamos mirando nació realmente hace siglos o acaba de salir de las manos de alguien extraordinariamente hábil.
Pero Tarradas utiliza la falsificación para plantear algo bastante más interesante que la simple copia.
¿Puede una mentira ser moralmente aceptable cuando sirve para proteger aquello que alguien quiere destruir?
En El falsificador, verdad y mentira dejan de ocupar lugares cómodos. Una falsificación puede salvar una obra auténtica mientras un régimen utiliza palabras aparentemente verdaderas para construir una realidad completamente falsa.
Y esa tensión se extiende mucho más allá de los cuadros. Porque en esta novela se falsifican obras, pero también respetabilidades, fortunas, intenciones y relatos. El propio fascismo aparece como una enorme maquinaria capaz de imponer una versión de la realidad mediante la repetición, la propaganda y la desaparición progresiva del pensamiento individual.
Lo que poseemos también cuenta quiénes somos
Hay además otra pregunta que recorre el libro y que puede parecer menor hasta que deja de serlo: ¿qué valor tienen las cosas que nos acompañan durante una vida?
Estamos acostumbrados a escuchar que no deberíamos sentir apego por lo material. Pero una casa, un cuadro, un objeto heredado o aquello que estuvo durante décadas en la habitación de nuestros padres puede contener mucho más que su valor económico.
Puede contener una biografía.
Para Flavia, defender el cuadro significa también negarse a aceptar que alguien pueda entrar en su historia y decidir qué debe conservar y qué tiene que entregar.
De ahí nace una de las ideas más poderosas de la novela: no siempre luchamos por el objeto, sino por todo lo que ese objeto representa.
Y quizá por eso el arte funciona tan bien en esta historia. Una misma pintura puede significar belleza para unos, dinero para otros, prestigio, recuerdo, ambición, herencia o simplemente algo que merece ser poseído.
La obra no cambia. Cambia quien la mira.
Una novela histórica que sabe que el lector conoce el final
Tarradas trabaja además con una ventaja narrativa especialmente poderosa: nosotros sabemos lo que ocurrió después. Conocemos el destino del fascismo italiano. Sabemos qué sucedió con Hitler. Conocemos la persecución de los judíos europeos, la guerra y la destrucción que todavía no alcanzan a imaginar quienes viven en 1938.
Pero ellos no.
Esa distancia convierte muchas decisiones de los personajes en algo especialmente intenso. Nosotros vemos el monstruo completo cuando ellos apenas distinguen su sombra.
Y ahí El falsificador conecta inevitablemente con nuestro presente.
No porque Tarradas pretenda establecer equivalencias fáciles, sino porque recuerda algo bastante más útil: la Historia sirve también para reconocer qué ocurre cuando determinados equilibrios comienzan a romperse.
El propio autor insiste en la entrevista en la importancia de no utilizar palabras como fascismo a la ligera, precisamente porque conocer lo que significaron permite distinguirlo, comprenderlo y no vaciarlo de sentido.
Historia, ficción y una duda que permanece
Uno de los grandes atractivos de la novela está también en la frontera entre aquello que ocurrió y aquello que pudo haber ocurrido.
Personajes históricos conviven con personajes de ficción y aparecen episodios documentados que dejan espacios suficientes para que la imaginación pueda entrar sin destruir la Historia.
Especialmente interesante resulta la figura de Bandinelli, un hombre cercano físicamente a Hitler y Mussolini durante su visita a Italia, antifascista y autor de un diario en el que llegó a imaginar la posibilidad de utilizar una bomba.
A partir de ahí comienza el territorio de la novela.
No sabemos si ocurrió.
Pero podría haber ocurrido.
Y esa posibilidad es exactamente el lugar en el que Rafael Tarradas parece sentirse más cómodo: allí donde los archivos terminan, pero todavía queda una pregunta abierta.
Por qué recomendamos El falsificador.
Porque tiene ritmo, pero también tiene ideas.
Porque utiliza el arte para hablar del poder y una falsificación para preguntarse por la verdad.
Porque detrás de la aventura, de los secretos, de la resistencia y de una Europa que se acerca peligrosamente a la guerra hay también una historia sobre la lealtad, el orgullo, el amor, la memoria y aquello que decidimos no entregar aunque hacerlo pudiera resultar mucho más sencillo.
Y porque consigue algo especialmente difícil en una novela histórica: que conozcamos el desenlace de la Historia y, aun así, necesitemos saber qué ocurrirá con quienes todavía están atrapados dentro de ella.
Rafael Tarradas publica con El falsificador su sexta novela y vuelve a ese siglo XX que conoce bien, pero esta vez permite que sea el arte quien abra la puerta.
Y quizá por eso, cuando la cerramos, queda una pregunta bastante más grande que la historia de un cuadro: si alguien intentara arrebatarnos aquello que forma parte de quienes somos, ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para impedirlo?.