
Naturalista y escritor.
Zarza de Granadilla, a 4 de octubre de 2026.
Cuando termina el verano y comienzan a llegar las primeras lluvias de septiembre y octubre, los campos experimentan una transformación que, aunque más discreta que la que se produce en primavera, supone un auténtico renacer de la naturaleza. Después de varios meses soportando temperaturas elevadas, escasez de agua y una vegetación aparentemente seca, bastan unas jornadas de lluvia para que el paisaje comience de nuevo a llenarse de actividad. Es lo que podríamos denominar la segunda primavera del monte mediterráneo.
Durante el verano, gran parte de la naturaleza no desaparece, sino que permanece a la espera. Muchas plantas han terminado su ciclo antes de la llegada del calor y han dejado sus semillas en el suelo, mientras otras reducen al mínimo su actividad para evitar la pérdida de agua. Algo similar sucede con numerosos animales, que disminuyen sus movimientos durante los meses más calurosos o permanecen ocultos en lugares donde encuentran unas condiciones más favorables.
Cuando llegan las primeras lluvias, cambia rápidamente esta situación. La tierra, endurecida durante el verano, vuelve a humedecerse y en pocos días comienzan a aparecer los primeros brotes verdes entre los restos de vegetación secos. Algunas plantas anuales germinan aprovechando la humedad y las temperaturas todavía suaves, mientras que encinas, robles, alcornoques y numerosos arbustos mediterráneos recuperan parte de la actividad que habían reducido durante el periodo de estío.
También los hongos encuentran en estas condiciones uno de sus mejores momentos. Si las lluvias son suficientes y las temperaturas acompañan, empiezan a aparecer setas en pinares, robledales, castañares y dehesas. Lo que nosotros observamos sobre el terreno no es más que la parte visible de organismos que permanecen durante buena parte del año ocultos bajo tierra, formando extensas redes de filamentos denominados hifas, cuyo conjunto constituye el micelio. Con la humedad otoñal aparecen los cuerpos fructíferos (las setas), cuya función será producir y dispersar las esporas.
Pero esta segunda primavera no afecta únicamente a las plantas y a los hongos. También numerosos animales parecen despertar con las primeras lluvias. Los caracoles abandonan sus refugios después de haber permanecido durante semanas protegidos del calor y de la desecación. Lombrices y otros pequeños invertebrados aumentan su actividad en los suelos húmedos, y con ellos también lo hacen muchos de sus depredadores.
Especialmente llamativo es el caso de los anfibios. Sapos, ranas, salamandras y tritones dependen estrechamente de la humedad ambiental y, después de permanecer ocultos durante los periodos más secos, pueden volver a encontrarse transitando por caminos y zonas húmedas durante las noches lluviosas.
Es por todo esto que el otoño mediterráneo no solo debe entenderse como una época de parón de la naturaleza. Antes de que llegue el frío, existe un breve periodo de abundancia y actividad provocado principalmente por el regreso del agua, y el campo parece recuperar durante unas “semanas primaverales” parte de la vitalidad perdida durante el verano.