JOSÉ MARÍA NIETO MARTÍN – Novelista, escritor y catedrático de biología.
En su novela Crónica de un exilio. Historia de una familia judía de Hervás, José María Nieto Martín recupera un capítulo de la historia sefardí del norte de Cáceres y reconstruye el destino de las familias judías que tuvieron que abandonar sus hogares tras la expulsión de 1492. A través del médico Samuel Behár y de sus descendientes, el autor sigue los caminos del destierro hacia Portugal y relata una historia de desarraigo, supervivencia y fidelidad a las raíces que todavía resuena en el valle del Ambroz y la sierra de Salamanca.
Hervás, a 2 de noviembre de 2026.
Por Marciano MARTÍN CASTELLANO

Una de las calles del conjunto histórico de Hervás, conocido por su vinculación con la memoria sefardí.
¿Qué despertó su interés por los últimos judíos del ducado de Béjar y le llevó a convertir su historia en una novela?
Sobre todo, el desconocimiento que existe acerca de aquellas comunidades. Recorres los pueblos de la sierra de Salamanca y del norte de Cáceres y compruebas que apenas se sabe quiénes fueron sus habitantes judíos, cómo vivían o qué papel desempeñaron en la sociedad de su tiempo.
En Extremadura se ha avanzado algo más en la recuperación de esa memoria, como demuestra el caso de Hervás. Sin embargo, en buena parte de la sierra salmantina los judíos son casi una sombra entre la niebla de la Edad Media. Permanece un recuerdo lejano, a veces rodeado de prejuicios, pero conocemos muy poco de su vida cotidiana.
Siempre me ha interesado la historia y, al profundizar en la documentación sobre el antiguo ducado de Béjar, descubrí un mundo apasionante. Sin embargo, echaba algo en falta. Existen magníficos estudios sobre la expulsión, pero los documentos no siempre nos permiten conocer los sentimientos de quienes la padecieron.
Me preguntaba qué pudo experimentar una familia al verse obligada a abandonar su casa, sus bienes y el lugar donde habían nacido sus hijos. Cómo se tomaba una decisión semejante. Qué ocurría cuando unos familiares querían marcharse y otros preferían convertirse al cristianismo.
Por eso elegí la novela en lugar del ensayo histórico. Quería acompañar a una familia judía, compartir sus dificultades y seguir su destino más allá de la expulsión. Mi intención era combatir el desconocimiento y, al mismo tiempo, recuperar la dimensión humana de aquella tragedia.
¿Qué fue lo que más le sorprendió al investigar el pasado sefardí de la sierra de Béjar y los valles del Ambroz y del Jerte?
Llevo más de veinte años recorriendo esos territorios. Como biólogo, siempre me han interesado su vegetación, sus paisajes y su patrimonio natural. Conozco bien muchos pueblos de la sierra de Salamanca y del norte de Cáceres porque he pasado mucho tiempo caminando por esas comarcas.
Durante aquellos recorridos encontraba referencias a una presencia judía de la que apenas se sabía nada. En algunos lugares permanecía el nombre de una calle o el recuerdo de una antigua judería, pero poco más. Aquellas huellas despertaron mi curiosidad.
Lo que más me sorprendió al investigar fue descubrir que el drama de aquellas familias no terminó en 1492. Conocía, naturalmente, la expulsión decretada por los Reyes Católicos, pero no había profundizado en lo que ocurrió después con quienes buscaron refugio en Portugal.
Muchas familias cruzaron la frontera convencidas de que allí podrían conservar su religión y comenzar una nueva vida. Sin embargo, apenas unos años después volvieron a encontrarse con medidas de persecución y conversiones forzosas.
Me impresionó comprobar que, después de perder sus hogares y empezar de nuevo en otro país, tuvieron que afrontar otra situación terrible. Aquello cambió el planteamiento inicial de la novela. Comprendí que no podía terminar la historia cuando la familia cruzaba la frontera, porque para muchos de aquellos exiliados el destierro no había hecho más que comenzar.
- La huella sefardí en Hervás y el ducado de Béjar
¿Cómo era la convivencia entre judíos y cristianos en localidades como Béjar, Hervás o Plasencia y qué provocó su deterioro?
Fue una convivencia compleja que se deterioró con el paso del tiempo. Durante buena parte de la Edad Media, los judíos disfrutaron de la protección de los reyes, con quienes mantenían una relación estrecha, especialmente en el ámbito económico.
Esa protección favoreció el desarrollo de actividades comerciales, financieras, artesanales e intelectuales, así como la existencia de comunidades organizadas en numerosas ciudades y villas.
Pero la situación fue cambiando. Ya se habían producido expulsiones en otros países europeos, como Inglaterra y Francia, y en los reinos peninsulares comenzaron a intensificarse las presiones religiosas y sociales.
Determinados sectores eclesiásticos alimentaron los prejuicios contra los judíos. También influían las tensiones económicas. Algunos participaban en el arrendamiento de rentas, una actividad que generaba rechazo entre parte de la población.
A ello se sumaba que mantenían sus propias costumbres, celebraciones religiosas y formas de organización comunitaria. Esa diferencia facilitaba que fueran vistos con recelo y que, en momentos de crisis, se les responsabilizara de epidemias, malas cosechas o dificultades económicas.
En nuestra zona, además, algunas familias habían llegado desde ciudades como Sevilla o Córdoba huyendo de persecuciones anteriores. Buscaban lugares más tranquilos donde establecerse.
Béjar y Plasencia contaron con comunidades judías importantes, con instituciones y espacios religiosos propios. La presencia judía también dejó su huella en otras poblaciones de la comarca. Sin embargo, la presión fue aumentando hasta desembocar en la expulsión de 1492.
Por tanto, no podemos hablar de una convivencia idílica. Hubo relaciones cotidianas, intercambios y periodos de relativa tranquilidad, pero también discriminación y un deterioro progresivo de la situación.
¿Por qué eligió a un médico, Samuel Behár, como protagonista de buena parte del relato?
La elección tiene mucho que ver con mi formación como biólogo. Conozco bastante bien las plantas y siempre me ha interesado la botánica antigua, especialmente sus aplicaciones medicinales, los remedios tradicionales y las creencias relacionadas con ellos.
Tengo en casa, por ejemplo, una obra de Dioscórides, el médico de la Antigüedad, comentada por Andrés Laguna, un importante médico y humanista segoviano.
Todo ese mundo me resultaba familiar por mi profesión y por mi afición a la historia. Por eso pensé que un médico era un personaje adecuado para conducir buena parte del relato.
Samuel Behár me permitía acercarme a los conocimientos médicos de aquella época, explicar cómo se trataban las enfermedades y mostrar la importancia que tenían las plantas medicinales.
Pero, sobre todo, es un hombre con una familia, una profesión y una vida construida en su tierra. De pronto, una decisión política y religiosa lo obliga a enfrentarse a la posibilidad de perderlo todo.
En ese sentido, Samuel representa a tantas personas que tuvieron que abandonar sus hogares sin saber qué futuro les esperaba.
¿Qué papel desempeñaron los Reyes Católicos, la Iglesia y los prejuicios religiosos en la expulsión de 1492?
En mi interpretación de aquellos acontecimientos, la figura fundamental es la reina Isabel. Me interesaba explicar cómo se produjo la evolución desde una actitud de protección hacia los judíos hasta la decisión de expulsarlos.
Los monarcas castellanos habían mantenido tradicionalmente una relación estrecha con aquellas comunidades, aunque esa protección se fue debilitando.
Para mostrar ese proceso decidí recrear tres conversaciones entre Isabel la Católica y algunos de sus principales consejeros, como Hernando de Talavera y el inquisidor general.
Son diálogos literarios, naturalmente, pero me permiten reflejar las distintas presiones políticas y religiosas que rodearon aquella decisión.
Quería mostrar cómo Isabel va modificando su posición hasta aceptar una medida que supuso la ruptura definitiva con una comunidad que llevaba siglos formando parte de los reinos peninsulares.
La Iglesia desempeñó un papel importante, aunque no podemos reducir lo sucedido a una sola causa. Confluyeron presiones religiosas, prejuicios sociales, intereses políticos y una preocupación creciente por la uniformidad religiosa.
La instauración de la Inquisición y las sospechas sobre los conversos contribuyeron también a endurecer el ambiente.
En la novela intento explicar ese proceso sin perder de vista lo fundamental: las consecuencias que aquellas decisiones tuvieron para miles de personas.
¿Cómo ha reflejado en la novela el drama de las familias obligadas a elegir entre el exilio y la conversión?
Ahí es donde creo que la novela puede aportar una mirada diferente. Los historiadores trabajan con documentos, legajos y registros, una labor imprescindible, pero esos testimonios no siempre permiten conocer los sentimientos de las personas.
La literatura, en cambio, me ofrece la posibilidad de imaginar qué pudo suceder dentro de aquellas familias cuando tuvieron que afrontar una decisión tan terrible.
Me interesaba reconstruir cómo se discutía aquella cuestión en una casa. En aquella sociedad la autoridad del padre era muy importante, pero eso no significa que todos los miembros de la familia estuvieran de acuerdo.
Podía haber hijos que no quisieran marcharse, familiares que prefirieran convertirse al cristianismo o personas que temieran abandonar todo lo conocido. Imagina las tensiones que podían surgir cuando unos decidían quedarse y otros partir.
Es como si hoy nos obligaran a elegir entre abandonar nuestro país, nuestra casa y nuestros bienes o renunciar a nuestras creencias.
En las poblaciones del antiguo ducado de Béjar, la expulsión significó la desaparición de unas comunidades que habían formado parte de su vida económica y social. Algunas familias se marcharon y otras permanecieron tras convertirse al cristianismo, pero aquel mundo quedó profundamente transformado.
En la novela, una parte de la familia se dirige a Portugal y otra permanece en Béjar. A partir de esa separación intento mostrar cómo pudieron mantenerse los vínculos familiares.
Recreo incluso una correspondencia entre quienes se quedaron y quienes partieron. No conozco cartas conservadas de esa familia concreta, de modo que esa parte pertenece a la ficción, pero me parece razonable pensar que muchas familias intentaron seguir comunicándose.
Había comerciantes y carreteros que atravesaban las fronteras con frecuencia. Me emocionaba imaginar ese esfuerzo por conservar las relaciones familiares cuando todo lo demás se había perdido.

Belmonte, localidad portuguesa donde perduraron durante siglos tradiciones judías transmitidas entre generaciones.
Portugal, un exilio que no terminó en 1492
¿Qué ocurrió con los judíos que buscaron refugio en Portugal y por qué decidió continuar su historia más allá de 1492?
Al estudiar la documentación histórica descubrí la importancia que tuvo Ciudad Rodrigo como lugar de paso de los judíos expulsados de Castilla.
Por allí salieron familias procedentes del norte de Extremadura y de Salamanca que se dirigieron hacia localidades portuguesas próximas a la frontera, como Belmonte, Trancoso o Guarda, donde existían comunidades judías.
Entonces me pregunté qué había sido de aquellas personas después de cruzar la frontera. Y decidí acompañarlas también en esa segunda parte de su historia.
En diciembre de 1496, Manuel I de Portugal promulgó un edicto que obligaba a los judíos a abandonar el reino si no aceptaban el bautismo. Aquella decisión estuvo relacionada con las negociaciones matrimoniales del monarca con los Reyes Católicos.
Sin embargo, el rey portugués también era consciente de la importancia económica de aquellas comunidades. Finalmente, en 1497 se impusieron conversiones forzosas y se impidió, en la práctica, la salida de buena parte de la población judía.
Muchas de las familias que habían huido de Castilla para conservar su religión se encontraron nuevamente ante una situación terrible. Aunque oficialmente pasaron a ser cristianos nuevos, algunas continuaron manteniendo en secreto sus creencias y tradiciones.
Y todavía hubo acontecimientos más trágicos. En abril de 1506 se produjo en Lisboa una matanza de cristianos nuevos, conocida como la Pascua Sangrienta. Una multitud atacó a personas que, pese a estar bautizadas, seguían siendo consideradas sospechosas por su origen judío.
Aquel episodio me impresionó profundamente y decidí incorporarlo como contexto histórico de una parte importante de la trayectoria de la familia protagonista.
En la novela, una de sus descendientes abandona Lisboa después de aquellos sucesos y emprende un nuevo camino.
Me interesaba que el lector comprendiera que el drama de los judíos expulsados no terminó en 1492. Para muchas familias, la salida de Castilla fue solamente el comienzo de un exilio mucho más largo.
¿Cómo descubrió la historia de los judíos de Belmonte, en Portugal, y qué importancia tuvo para la novela?
Fue una de las grandes sorpresas de la investigación. Yo llegué a Belmonte interesado por unos restos romanos y me encontré con una historia extraordinaria. Precisamente había elegido esa localidad portuguesa como lugar de refugio de una parte de la familia protagonista.
A comienzos del siglo XX, un ingeniero de minas de origen judío llamado Samuel Schwarz estaba realizando investigaciones por aquella zona de Portugal.
En 1917 entró en contacto con una comunidad muy cerrada, cuyos miembros conservaban prácticas religiosas y familiares particulares. Schwarz comenzó a observar determinados ritos relacionados con la alimentación y otras costumbres que, por su origen judío, supo reconocer como posibles supervivencias de antiguas tradiciones hebreas.
Poco a poco descubrió que aquella comunidad había mantenido prácticas judaicas durante siglos, a pesar de las conversiones forzosas y las persecuciones.
Las familias habían transmitido sus costumbres de generación en generación, aunque con el paso del tiempo se hubiera perdido parte del conocimiento de su significado original.
Schwarz publicó sus investigaciones en 1925 y aquella comunidad despertó un enorme interés entre los estudiosos.
A mí me impresionó comprobar que, después de tantos siglos, todavía existiera en una pequeña localidad portuguesa un grupo humano que había conseguido mantener viva una parte de aquella tradición.
También me llamó la atención el aislamiento en el que habían vivido. Era una comunidad muy cerrada, en la que durante generaciones se habían producido matrimonios entre personas emparentadas, una circunstancia que despertó mi interés como biólogo.
Pero lo verdaderamente extraordinario era su capacidad para conservar una identidad religiosa y cultural en circunstancias tan difíciles.
Aquella historia reforzó la importancia que Belmonte tenía dentro de la novela y me permitió comprender mejor la extraordinaria persistencia de la memoria sefardí.
¿Qué representa el viaje de Ruth Behár, descendiente de sefardíes, a la tierra de sus antepasados?
Los sefardíes, a pesar de las circunstancias terribles en las que fueron expulsados, conservaron durante siglos un recuerdo muy profundo de la península ibérica.
Sefarad siguió siendo para muchos de ellos una patria sentimental, la tierra donde habían vivido sus antepasados y donde sus comunidades alcanzaron un importante desarrollo cultural.
Los judíos desempeñaron un papel destacado en la cultura medieval, especialmente en la medicina, la filosofía y la transmisión del conocimiento. La Escuela de Traductores de Toledo es uno de los grandes ejemplos de aquel intercambio intelectual entre distintas tradiciones culturales.
Por eso el regreso de Ruth tiene un significado especial. No se trata simplemente de una mujer que visita los lugares donde vivieron sus antepasados, sino del reencuentro con una tierra que su familia había conservado en la memoria durante generaciones.
Ruth es una sefardí que vive en Estados Unidos. Viaja a Madrid para participar en una conferencia y aprovecha la ocasión para acercarse a las tierras de sus mayores, entre ellas Hervás.
Durante ese recorrido descubre lugares, historias y vestigios que desconocía. Me interesaba reflejar los sentimientos contradictorios que pueden experimentar los descendientes de aquellas familias.
Por un lado, sienten la ilusión de conocer la tierra de sus antepasados. Por otro, conservan el recuerdo de las persecuciones, de la Inquisición y de todo lo que sus familias tuvieron que sufrir.
Esa mezcla de temor, curiosidad y emoción es la que intento expresar a través de Ruth, un personaje inspirado en una mujer real que viaja con frecuencia por estas tierras.
En la novela aparecen también algunos objetos familiares, como una pequeña caja y una moneda, que permiten establecer vínculos entre distintas generaciones y reconstruir parte del recorrido de la familia.
Quería mostrar cómo la memoria puede sobrevivir al paso de los siglos, incluso cuando se han perdido los lugares y buena parte de las noticias sobre los antepasados.

El Museo Judío David Melul, en Béjar, dedicado a la recuperación y divulgación de la historia sefardí.
Recuperar la memoria para comprender el presente
¿Qué queda por hacer para recuperar y divulgar el patrimonio judío de Salamanca y del norte de Cáceres?
Creo que todavía tenemos muchísimo por hacer. En ese sentido, la novela tiene también una intención divulgativa.
En Extremadura se ha avanzado bastante en la recuperación de este patrimonio. Plasencia, por ejemplo, conserva una memoria importante de su pasado judío. Se conoce el entorno de su antigua judería, con referencias a las calles Trujillo y Rúa Zapatería, y el emplazamiento de la antigua sinagoga de La Mota. También se conservan las tumbas excavadas en la roca del cementerio judío del Berrocal.
Hervás es otro ejemplo destacado, tanto por su conjunto histórico como por el trabajo realizado para divulgar su pasado sefardí. El interés que despierta su antigua judería demuestra que existe un público dispuesto a conocer esta parte de nuestra historia.
En Béjar tenemos el Museo Judío David Melul, con el que mantengo relación y al que he realizado algunas donaciones. Es una institución fundamental para conocer la historia de las comunidades judías de la zona.
Sin embargo, en muchas localidades de la sierra salmantina queda muchísimo por hacer.
Hace poco estuve en la Casa de Cultura de Ciudad Rodrigo y comentaba precisamente esta cuestión con la teniente de alcalde.
Ciudad Rodrigo tuvo un pasado judío importante. Se conoce el emplazamiento de su antigua sinagoga, en el lugar donde posteriormente se levantó el Hospital de la Pasión, y se conserva parte del pavimento atribuido a aquel templo.
Además, la ciudad desempeñó un papel destacado en los desplazamientos hacia Portugal tras la expulsión de 1492.
Sin embargo, muchas veces hemos prestado más atención a otros episodios históricos, como las guerras contra los franceses, mientras que la memoria judía ha quedado relegada.
En Salamanca sucede algo parecido. En algunos lugares conocemos referencias a antiguas juderías o sinagogas, pero apenas quedan testimonios materiales.
En Salvatierra de Tormes, por ejemplo, se conserva un arco medieval que tradicionalmente se ha relacionado con una antigua sinagoga. Es uno de esos vestigios que merecerían mayor atención y estudio.
En Toro, mi pueblo de Zamora, existe una calle de la Judería y se conservan referencias históricas a la comunidad hebrea, aunque no todas las identificaciones de edificios y espacios están plenamente acreditadas.
También sería interesante profundizar en el pasado judío de localidades como Montemayor del Río o Candelario, siempre distinguiendo los testimonios documentados de las tradiciones locales.
Durante mucho tiempo este patrimonio no despertó demasiado interés, en buena medida por los prejuicios religiosos e históricos que existían.
Creo que tenemos una deuda pendiente con aquellas comunidades. No se trata solamente de recuperar edificios, calles o restos arqueológicos, sino también de reconocer lo que aquellas personas aportaron a nuestra cultura.
Existen magníficos trabajos de investigación, que yo mismo he consultado para escribir la novela. Pero muchas veces esos libros acaban guardados en una biblioteca y apenas llegan al público.
Habría que divulgar mucho más esta historia, señalizar los lugares que puedan identificarse con rigor y explicar a vecinos y visitantes quiénes fueron aquellas personas.
Si no somos capaces de recuperar todo ese pasado con cariño, al menos deberíamos hacerlo con respeto y, sobre todo, con conocimiento.
¿Qué reflexión le gustaría que hicieran los lectores al terminar Crónica de un exilio y qué enseñanza nos deja hoy aquella historia?
Me gustaría que reflexionaran sobre la tolerancia, porque es algo que siempre pende de un hilo.
Basta con que aparezcan determinadas personas capaces de despertar los sentimientos de frustración o de miedo de una sociedad para que se produzcan situaciones terribles.
En el caso de los judíos hubo personajes religiosos muy influyentes, como Vicente Ferrer, cuyas predicaciones contribuyeron a alimentar sentimientos contrarios a aquellas comunidades.
Cuando las cosas iban mal, resultaba fácil buscar un culpable. Si había una peste, una mala cosecha o cualquier otra desgracia, enseguida aparecía la tentación de señalar a los judíos.
Y ese mecanismo se repitió durante siglos.
Lo ocurrido en Lisboa en 1506 es un ejemplo terrible. Aunque los judíos habían sido obligados a convertirse al cristianismo, volvió a despertarse el sentimiento antijudío y se desencadenó una matanza contra los cristianos nuevos. Ni siquiera la conversión religiosa había conseguido acabar con el prejuicio.
Pero también me parece importante destacar la capacidad de aquellas familias para mantener sus vínculos y su identidad a pesar de las dificultades.
Los sefardíes conservaron durante generaciones el recuerdo de la tierra que habían abandonado. En lugares como Turquía se ha seguido hablando judeoespañol hasta tiempos muy recientes. Y en Portugal, como demuestra el caso de Belmonte, algunas comunidades consiguieron transmitir sus tradiciones religiosas durante siglos.
A mí me emociona especialmente pensar en las familias que quedaron separadas por la expulsión. Unos se marcharon y otros permanecieron en sus pueblos, pero seguramente muchos intentaron seguir comunicándose y conservar sus relaciones.
Me gustaría que el lector, al terminar la novela, pensara en aquellas personas no como personajes lejanos de un episodio histórico, sino como seres humanos que tuvieron que tomar decisiones dolorosas, abandonar sus hogares y empezar de nuevo.
Y que comprendiera que la intolerancia puede destruir en muy poco tiempo una convivencia construida durante generaciones.
Dónde adquirir la novela
Crónica de un exilio. Historia de una familia judía de Hervás puede adquirirse en librerías de Ciudad Rodrigo y Béjar, así como en la librería El Tintero, de Plasencia, y en la librería Pinocho, de Hervás. La obra también está disponible a través de la plataforma Amazon.
Los protagonistas de la novela:









