Por Rosa María Sánchez de la Vega. Madrid
Nuestra recomendación de lectura de este mes empieza con un hombre al que sus compañeros llamaban el Anodino y el narcotráfico, Aduana: Óscar Sánchez Gil, inspector jefe de Policía y protagonista real de una historia que parece imposible.
Hay una imagen que cuesta quitarse de la cabeza después de leer Aduana: casi veinte millones de euros escondidos en las paredes y en distintos rincones de una casa. No una mansión deslumbrante, no la guarida cinematográfica de un gran capo, sino la vivienda de un inspector jefe de Policía que había dirigido la sección de antiblanqueo de la UDEF de Madrid.
Pero quedarse ahí sería contar solo una parte de este libro.
Porque lo más inquietante de Aduana no es descubrir cuánto dinero puede acumular el narcotráfico, sino hasta dónde puede llegar.
Brais Cedeira parte de la investigación sobre Óscar Sánchez Gil, el policía al que llamaban Aduana, para meterse en un territorio mucho más amplio: el del crimen organizado que funciona ya con una sofisticación empresarial, internacional y tecnológica que obliga a revisar muchas de las ideas que tenemos sobre el narcotráfico.

Rosa María Sánchez de la Vega y Óscar Sánchez Gil, tras la entrevista.
Aquí la droga no aparece únicamente en una lancha cruzando el Estrecho. Viaja dentro de los mismos circuitos por los que se mueve el comercio legal. Hay empresas hortofrutícolas que compran y venden fruta de verdad mientras sirven también para introducir cocaína; contenedores, sociedades internacionales, criptomonedas, transferencias, licencias VTC y negocios capaces de transformar el dinero ilegal hasta hacerlo desaparecer dentro de la economía cotidiana.
Y hay algo todavía más revelador: las grandes organizaciones criminales ya no necesitan hacerlo todo. Se asocian. Unos consiguen la cocaína, otros la transportan, otros proporcionan barcos, almacenes o conductores, otros la distribuyen y otros lavan el dinero. España aparece entonces como uno de esos lugares en los que las piezas terminan encontrándose.
Marbella ocupa un lugar esencial en ese mapa. También Dubái, convertido durante años en refugio de grandes capos internacionales. Y alrededor empiezan a aparecer armas, ajustes de cuentas, organizaciones que cruzan fronteras con enorme facilidad y menores reclutados para transportar droga o incluso ejercer como sicarios.
Ahí es donde Aduana deja definitivamente de ser el relato de un policía corrupto.
El caso de Sánchez Gil resulta extraordinario porque conocía desde dentro aquello que debía combatir. Sabía cómo se investigaba a una organización, cómo podía rastrearse el dinero y cuándo determinados nombres o contenedores empezaban a interesar a otros policías. Según la investigación, acabó utilizando esa inteligencia para proteger a quienes debían ser perseguidos. Brais Cedeira lo resume de una manera difícil de olvidar: puso la inteligencia policial al servicio del narcotráfico.
Pero el libro plantea además una pregunta que va mucho más allá de él: qué ocurre cuando el dinero del crimen organizado consigue acercarse a quienes tienen capacidad para combatirlo.
La respuesta no es tranquilizadora.
Cedeira recoge otros casos de agentes investigados por su relación con el narcotráfico y muestra una guerra profundamente desigual: frente a los recursos del Estado, organizaciones capaces de mover cantidades inmensas de dinero, cambiar de país, comprar voluntades y reconstruirse cuando una operación policial consigue desmantelar una de sus estructuras.
Y todavía queda otra cuestión quizá más incómoda: nuestra capacidad para acostumbrarnos.
Un gran alijo. Una narcolancha. Un tiroteo. Otra operación policial. Otro ajuste de cuentas. Noticias que aparecen durante unos días y después son sustituidas por las siguientes. Hasta que lo excepcional empieza a parecernos normal.
Aduana obliga a mirar todas esas noticias juntas.
Por eso también habla de la justicia, de procedimientos que pueden prolongarse durante años, de fiscales que reclaman juzgados especializados y de policías que piden más medios para enfrentarse a organizaciones que avanzan mucho más deprisa que las estructuras encargadas de perseguirlas.
Y habla, por supuesto, de periodismo.
Brais Cedeira lleva años cubriendo policía, seguridad y crimen organizado. En un momento del libro y de esta historia aparece una idea que explica muy bien su trabajo: en el periodismo de investigación no basta con saber que algo es verdad. Hay que poder demostrarlo. «Lo más importante es la prueba, el papel», dice.
Quizá por eso Aduana se lee con la tensión de una novela negra aunque sepamos que estamos ante hechos reales.
Hay policías y narcotraficantes, dinero escondido, confidentes, empresas, contenedores, armas, persecuciones y grandes capos instalados a miles de kilómetros. Pero debajo de todo eso late algo mucho menos espectacular y bastante más preocupante: la posibilidad de que el crimen organizado vaya ocupando espacio mientras nosotros aprendemos a convivir con él.
Brais Cedeira dice que estamos «un paso antes del precipicio».
Después de leer Aduana, la pregunta inevitable es cuánto falta para darlo.