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    Después de la catarsis

    Enrique Julián Fuentes. Ingeniero Forestal

    La tarde se presentaba fría, pero con las ganas y la expectación de las grandes ocasiones. Un público entrado en años procedente de todos los rincones de la geografía española y con la indumentaria adecuada para el evento, apuraba sus cervezas en los instantes previos a vivir el cierre de la gira más impresionante del momento.
    Puntual a la cita, como buen genio disciplinado, apareció sobre el escenario del Wizink Center de Madrid, Roberto Iniesta; el otrora líder de Extremoduro y actual front row de su impecable banda de músicos, para despedir sobre el escenario y ante 16.000 espectadores, una gira de 40 conciertos y 6 meses de duración que ha ido creciendo y cogiendo fuerza, al igual que lo hace una gran bola de nieve conforme echa a rodar.
    Y es que el cierre de gira en Madrid, al igual que todo lo que cae en manos de Robe, no es fruto de la casualidad, pues se trata de la ciudad donde reside uno de sus públicos más fieles y que siempre acogió con los brazos abiertos a la leyenda extremeña. Desde los inicios en la Sala Canciller hasta el antiguo Palacio de los deportes hoy renombrado Wizink Center, pasando por la Plaza de las Ventas, el Pabellón del Real Madrid o el Parque Tierno Galván.
    Una sucesión de temas potentes y entreverados de ROBE y Extremoduro, llevó al público hasta la catarsis, liberando las almas y haciendo olvidar la pesadilla vivida durante los últimos años por culpa de la maldita pandemia.
    La honestidad mostrada sobre el escenario, sin fisuras en la mecánica de la música y su puesta en escena impetuosa, da una idea del crecimiento de una banda joven liderada por una personalidad arrolladora más propia de otra época. Atrás quedaron los tiempos en que los telones negros del Wizink colgaban de los anfiteatros superiores para tapar la ausencia de espectadores y sillas vacías.


    La progresión ha sido tal en los últimos 5 años para el grupo, que el aforo se ha multiplicado por dos a golpe de batería, guitarra, teclados o clarinetes, entre los múltiples instrumentos que acompañan a la composición lírica más impecable del panorama nacional vigente.
    Si te vas, Buscando una luna, Tango suicida o La Ley Innata, se mezclan con piezas actuales pero imperecederas como Por encima del bien y del mal, La canción más triste o por supuesto Mayéutica, esa obra maestra tocada del tirón, que con apenas un año de vida es ya un clásico al nivel de discos de las grandes bandas de la historia de la música, como puedan ser el Black album de Metallica o el Appetite for destruction de los Guns n´ Roses.
    Y de apetito y destrucción trataba también lo acontecido el pasado Sábado 19 de noviembre sobre el escenario de la Avenida Felipe II. Un espectáculo de luz y sonido que hizo vibrar de principio a fin a los presentes, gracias a la enorme actuación de una banda de músicos compacta, y con una personalidad marcada en cada uno de los 6 miembros del grupo que acompañan a su estrella.
    Músicos de primera para un astro de primera y para un púbico entendido y ferviente, ávido de volver a disfrutar de un concierto de rock con mayúsculas, una vez superada la pesadilla del COVID y sus infinitas limitaciones.
    Robe, convertido por méritos propios en uno de los compositores del olimpo de la música española de todos los tiempos, se toma un descanso para trabajar en nuevos proyectos y quien sabe si para tratar de superar, si es que es acaso posible, el éxito de Mayéutica; un disco acompañado de principio a fin por el público de cada concierto y al mismísimo nivel de los grandes himnos de Extremoduro, Salir, Jesucristo García o Ama y ensancha el alma.
    Esperemos que una vez purificados, no se nos haga muy largo este interludio y que podamos volver a disfrutar con su música, como lo hicimos durante los dos últimos años. De ti depende, Robe.

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