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    Hoy no quiero que vengas

    Rosa Sánchez de la Vega. Escritora

    —Hoy no quiero que vengas conmigo. Por favor. No te empeñes.Ya sé que has comprado lo mismo que yo. Lo veo en tu silueta y estoy casi segura que son de la misma clase; el mismo color. Porque todo lo que hago; lo copias.
    Me copias la ropa, los andares. Si corro haces lo mismo. Lo hago hasta agotarme. Pero quizás tú no o sí. Porque cuando curvo mi espalda para coger aire; te curvas igual que yo.
    Un cachorro ha venido a saludarme y al acercar mi mano para acariciarle te has adelantado a peinar con suavidad su pelo.
    Si me siento haces lo mismo tan pegada a mí que diría que estoy sentada encima de ti. Tengo sed y al llevar el vaso de agua a la boca, si no fuera porque noto regar mi garganta diría que quien esta bebiendo eres tú.
    No quiero detenerme para hablar con nadie, ni mucho menos saludar y besar las mejillas en señal de afecto porque estoy segura de que harías lo mismo.
    Me copias la ropa, los andares, los gestos. Hasta cuando tengo tos, o estornudo haces lo mismo. Me burlas. Si al menos me dieras conversación. Pero siempre estás muda.

    —¡Hoy no quiero que vengas!—te he dicho muy enfadada. Me he dado la vuelta y he mirado por el rabillo del ojo a ver si me seguías. Por un momento he pensado que lo habías entendido. Pero al rato has aparecido. Te habías escondido tras un arbusto. A veces he pensado en huir, a ninguna parte. A todas partes. Pero sigues estando ahí. Camuflada bajo mis pisadas esperando el momento exacto para salir.

    —¿Cómo tengo que decirte que hoy no quiero que vengas?
    Me subo al coche. Al final llegaré tarde.
    Intento concentrarme en la carretera. Los semáforos. Los coches. Los viandantes. No quiero mirar por el retrovisor pero estoy segura de que tan pronto he abierto la puerta para entrar, tú has hecho lo mismo.
    Freno. Paro. El semáforo se ha puesto en rojo. Y los peatones cruzan. Y de pronto: Intento aclararme los ojos. Los froto y vuelvo a abrirlos. Perpleja me doy cuenta de que todos tienen tras de sí un gran imitador. Los semáforos, las papeleras, los bancos, los coches. Las personas. Todos.
    Y caigo en la cuenta de que he sido cruel contigo. Te llamo, me giro. Te busco. No estas en el asiento trasero. Ni en el de copiloto, lo habría notado. Me invade la tristeza.
    Suena un claxon fuerte, continuo; enfadado. Me asusto. Miro el semáforo ya en verde y arranco el coche. Triste. Preocupada por ti, por si al final me has hecho caso y te has ido.
    Aparco y cojo las flores del asiento. Camino cabizbaja. Te he ofendido. Y te has ido. Me doy cuenta de lo mucho que voy a echarte de menos. Te quiero a mi lado. Conmigo.
    La luz de sol me ciega los ojos. La cubro con mi mano. Y sigo caminando. Y de pronto: Ahí estás. Has vuelto. Mi sombra. Y ya sí: Solas tú y yo.

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