Puerto de Béjar, a 1 de junio de 2025.
ENVEJECER tiene muchos aspectos, pero hay vidas que nos permiten, cuando se suman los decenios, tener experiencias vitales múltiples; aunque he pasado muchos años donde se aprendían cosas “de verdad “.
Nos llega el discurso de Donald Trump, que pretende contagiar a Europa, y el tercer partido de España se lo cree y está con Trump y no con su casa, Europa. Intenta inocular aquí también su virus falso de que países europeos viven de la miseria moral, en la decadencia social y económica, y en la contaminación por razas inferiores.
No, no, por favor. La pequeña Europa (apenas una península de Asia occidental, que resiste al despotismo oriental) es grande, grandísima y lo que ha conseguido en los últimos ocho decenios es portentoso. Decir lo contrario es falso, es una mentira del tamaño de Estados Unidos, Canadá y Groenlandia juntos.
Que triunfe el feminismo no es decadente, que gais y trans no tengan miedo a serlo es magnífico, es esperanzador que el racismo sea vergonzoso. Que haya seguridad social, vivienda y educación pública de calidad es socialismo y qué, porque es bueno. Que triunfe el cosmopolitismo no es degradante. Que las ciudades sean variadas y multiculturales es hermoso y estimulante. Que pueda haber Nobel españoles es también hermoso y estimulante. Que pueda haber Nobel españoles o británicos, pero de origen peruano, pakistaní o caribeño es maravilloso y normal. Que en el deporte haya jugadores de todos los colores es estupendo. Que quienes desarrollaron las vacunas – que nos salvaron del Covid – sean originarios de Turquía es extraordinario y debería hacer sentir a los europeos no prepotentes, como Trump, pero sí muy orgullosos de ser una región de fronteras porosas y de ciudades hospitalarias con inmigrantes.
Lo que Europa ha conseguido en los últimos ochenta años es extraordinario. No existe un mejor referente de convivencia civilizada en el mundo entero. No hay en ninguna parte del globo una realidad mejor (o, si quieren, menos mala) hacia la cual mirar con esperanza y deseos de emulación.
Hace poco, un enviado de Trump, J.D.Vance, vino a Europa, cuya Unión estaba en decadencia. En cierto sentido se puede estar de acuerdo con Vance, cuando dijo que la peor amenaza para Europa no viene de fuera sino de dentro (Rusia). Es verdad, pero por motivos completamente contrarios a los esgrimidos por el emisario del “emperador”. La democracia europea está en riesgo, porque interiormente tiene partidos volcados al racismo, a la destrucción de la idea de Europa, y con una monserga populista contraria a los ideales democráticos.
Este germen, germen totalitarista, lo encarnan principalmente los partidos de extrema derecha europeos que aspiran a gobernar, al estilo de AFD en Alemania o VOX en España, o el que gobierna en Hungría. Si Viktor Orbán siente tanta admiración por Putin y su tipo de gobierno, debería proponer a los húngaros la salida de la UE y la adhesión de su pueblo a la admirable Federación Rusa.
Lo que le molesta a Trump no es la debilidad de Europa, sino su grandeza, su ecologismo, la defensa de su belleza, el poder seductor de su modelo económico y cultural. La tasa de homicidios y de inseguridad en el país de Trump es seis veces más alta que la de España. La esperanza de vida, la salud, la educación o el transporte público son infinitamente mejores en Europa que en Estados Unidos. Con un PIB inferior al de Norteamérica, la población europea vive en condiciones mucho más amables y mucho menos desiguales que la estadounidense.
Los Trump y los Vance no desprecian a Europa… “la temen” y “temen” a que siga siendo estupendamente seductora como ejemplo de paz, belleza y democracia para el mundo entero…
