
Pepe Blanco.
Puerto de Béjar, a 6 de abril de 2025.
Últimamente debe de ser que me estoy haciendo mayor y me apetece observar con cierta admiración lo más prosaico que me rodea.
La semana pasada, por ejemplo, me tomé un par de días para visitar algunas ciudades del norte, por un precio bastante módico. Crucé media península a bordo de un tren público.
Conviene que me explique: ese mismo viaje me hubiera tomado más de doce horas hace cincuenta años; y hace cien, al menos, un par de días.
No es sólo lo del tren. Hace unos días me fui a un pequeño pueblo extremeño y de camino me encontré con un Centro de Día Autonómico, donde un par de auxiliares bajaban de una furgoneta a un abuelo en silla de ruedas. Contemplé en la escena más “civilización” que en el Partenón de Atenas. Cada jornada, casi siete millones de alumnos acuden a centros de enseñanza públicos; diez millones de personas reciben prestaciones del Sistema Público de Pensiones; solamente los hospitales públicos atendieron ochenta y dos millones de consultas en 2023; tuvieron cuatro millones de pacientes ingresados y realizaron en torno a tres millones y medio de operaciones quirúrgicas.
Si se paran a pensarlo, que todo esto suceda cada día en un país como España, me resulta algo asombroso. Por el complicado sistema de financiación que se requiere para sufragar estos servicios, una arquitectura tributaria que transforma aportaciones individuales de empresas y trabajadores es el combustible para el motor común.
En términos históricos, en muy poco tiempo, en España hemos conseguido ser una excepción. Nunca, a lo largo de todo el devenir de la humanidad, se había conseguido articular un sistema que buscara, en algunos aspectos esenciales, la idea de igualdad.
En Europa partimos con algo de desventaja en esto del “estado del bienestar”, entre otras cosas porque en esa misma época el franquismo estaba ocupado persiguiendo españoles que se negaron a la imposición de las armas y a una dictadura.
Más allá de la excepción ibérica no hablo de la electricidad, sino de cómo los aliados permitieron que el fascismo siguiera vivo por estas tierras tras el fin de la guerra. Y, cuando nos pusimos a ello – a finales de los setenta- a edificar un país civilizado, la cosa nos quedó razonablemente bien…; sí, razonablemente bien.
Esto no significa que todo haya sido un camino de rosas; tampoco, que el resultado nos tenga que convencer por completo o que en la actualidad no existan flagrantes desigualdades que van a más. Significa que, teniendo en cuenta de dónde venimos, conseguimos un punto de partida digno.