
Rosa Sánchez de la Vega. Escritora
De niños calculábamos la longitud de las cosas con medidas recurrentes como las cuartas de nuestras manos sin darnos cuenta que cada tamaño es diferente.
Si lo que queríamos calibrar estaba en el suelo, utilizábamos el pie cayendo por lo tanto en el mismo error.
Aprendimos a medir así cuando jugábamos a las canicas y usábamos la media, la cuarta y el pie, como reglas indiscutibles a cumplir. El problema surgía cuando las manos eran muy diferentes de unos a otros y siempre ganaba la más grande…entre otras cosas porque eran de alguien mayor que tú, por lo tanto más fuerte, y discutir no era lo más inteligente.
Los árboles crecen en su mayoría despacio, pero cuando ha pasado mucho tiempo levantamos la cabeza en un paseo y vemos que por el efecto óptico que dicen los entendidos, las copas casi tocan el cielo. Otro cálculo, está vez visual.
Medimos la fuerza de las palabras por la intensidad del sonido. Un susurro tímido de quien dice amarte, un secreto que acaba de ser inconfesable; una disputa que acompaña al volumen de las palabras guardadas durante tiempo, y que ahora arañan la garganta.
Medimos el caudal de los embalses percibiendo si cubre o no la piedra desde donde en verano lanzábamos la caña para pescar o arrojábamos piedras y contábamos cuantas ondas éramos capaces de provocar.
Y cada invierno sabíamos si habíamos pegado el estirón comprobando si el pantalón nos cubría aún el tobillo o lo dejaba completamente al aire.
Medimos la fiebre solo con poner la palma de la mano en la frente.
Todo se puede medir, sí. Hasta el dolor se mide cuando ya forma parte del pasado. Cuando tal vez ya seas capaz de contarlo o porque lo años han servido para insertarte, sin querer, que aquella pena fue horrible o simplemente no estabas preparado para ello. O tal vez la tristeza de ahora sea mayor, más profunda, más cercana y sepas reconocerla, medirla cayendo en el recuerdo de la anterior.
Uno sabe que se ha enamorado la segunda vez que lo hace, porque en la primera te dejas llevar por el impulso del amor y te notas raro, dichoso, feliz, un alboroto de sentidos que remueven tu cuerpo, todo tu ser y se deja ver en su plenitud. Hasta que se rompe y sientes como todo se resquebraja, y ese tiempo incontable se encarga de recomponerte.
O quizás tu madurez te haga comprender que no merece la pena sufrir por amor porque por mucho que duela y aunque fuese un alivio, no se acaba de romper por completo el corazón; lo sabríamos si dejásemos de sentir cualquiera de las emociones.
Y… la tristeza, la angustia, el dolor. Sí; porque el dolor de la muerte de alguien muy cercano, ¿puede medirse?: tal vez no. Aunque el paso de los días se encargue de hacerlo más llevadero. Y si el azote certero en el costado vuelve a repetirse. No creo que el dolor del primer golpe se alivie con el segundo. Ni el segundo es menos doloroso que el primero.
Tampoco puede medirse la intensidad del odio, de la rabia, de la felicidad… no hay medidas estándar para los sentimientos, por mucho que queramos calcularlo.
En ese pantano alguien tiene la pernera del pantalón muy por encima de su tobillo… Mide— con la mano abierta la distancia que hay entre el sol y el agua— cuánto queda para que llegue el ocaso. La piedra donde se apoya le cubre apenas los pies; aún no ha llovido lo suficiente recién estrenado el otoño. Calcula cuánto tendrá que impulsarse en el salto para no golpearse con algo próximo a la orilla y quedarse mal herido, o simplemente empapado.
Pero antes de dar el salto siente la necesidad de gritar las palabras, los motivos que le han llevado hasta allí, esas que no han dormido nunca en su corazón… y ya no puede seguir guardando. Puede que los pájaros le escuchen…o tal vez su voz les llegue amortiguadas a los peces y sepan reconocerle.
Así que grita y al momento sus propias palabras retumban, le imitan, le burlan, le golpean, o quizás sirvan para escucharse y sentir por fin alivio en su garganta, en su corazón, en su alma… Y después…salte.
Los pájaros han iniciado el vuelo, pian y el sonido se multiplica al ser devuelto por las paredes…sobre la roca unos viejos pantalones, una camisa y un par de zapatos… los peces próximos a la orilla, sienten una sombra que se aleja… Ya no hay voces, ni palabras que hieran su garganta…levanta su mano y calcula que el sol está a punto de ocultarse.