Este mes queremos acercarte a La leonera, el nuevo libro de Fernando León de Aranoa. Lo hacemos a través de esta entrevista de Rosa pasa página, en la que el autor comparte sus reflexiones sobre la escritura, el humor, el desorden creativo y la mirada cotidiana que atraviesa sus relatos
Madrid, a 3 de octubre de 2025.
Fernando León de Aranoa – Director, guionista y escritor
Por Rosa María Sánchez de la Vega.
Narrador agudo de lo social y lo íntimo, Fernando León de Aranoa ha explorado durante años los márgenes de la realidad como director, guionista y escritor. Conocido por películas como Los lunes al sol o El buen patrón, también ha cultivado una sólida trayectoria literaria con títulos como Aquí yacen dragones o Contra la hipermetropía. En La leonera, su nuevo libro, reúne relatos, aforismos y fragmentos donde el humor, la ternura y la ironía conviven con una mirada atenta a lo cotidiano.
–El título La leonera tiene muchas resonancias. ¿Suena a encierro, a bullicio, a tu apellido? ¿A qué suena para ti?
–Suena a desorden, a ese intento fracasado de poner orden. Este libro me ha servido precisamente para eso: para ordenar lo vivido, aunque sea de manera imperfecta.
–¿Cuándo fue el momento de pasar de mirar a escribir?
–Muy pronto. Para mí escribir es una forma de entender y reflexionar. Como decía Julio Casares, no tengo una opinión sobre algo hasta que lo escribo. El flechazo real con la escritura llegó en un taller de guion, a los 20 años. Sentí de repente la urgencia de escribir todo lo que no había escrito hasta entonces.
–¿Qué encuentras en la escritura que no encuentras en el cine?
–El momento más creativo siempre es el de escribir. En la narrativa breve disfruto mucho del chispazo inicial: esa imagen poética que aparece en lo cotidiano. Y además tiene algo de desquite, porque mientras una película te exige años en una sola historia, con los relatos breves puedo saltar entre mundos distintos y eso me da mucha libertad.
–En el libro conviven relatos, aforismos y microrrelatos. ¿Fue difícil manejarlos juntos?
–No, fue algo bastante intuitivo. A veces una idea solo puede ser aforismo; si la estiro, se rompe. Y por eso me gustan: funcionan como pequeños descansos, intensos pero breves, que le dan ritmo al libro.
–¿Qué los une?
–Creo que mi manera de mirar, esa búsqueda de lo excepcional en lo cotidiano. En mis películas también está. Un reloj de muñeca, por ejemplo, parece banal, pero contiene algo enorme: el tiempo.
–¿Qué papel tiene el humor en La leonera?
–Es esencial. Es defensa, alivio y también un arma. Lo he visto en mis películas y documentales: cuanto más dura es la situación, más humor aparece. Los mejores chistes se cuentan en los momentos más dramáticos. El humor es lo que nos permite sobrellevar lo insoportable.
–¿Cómo equilibras lo íntimo y lo universal?
–Están profundamente vinculados. Los grandes temas —el tiempo, el amor, el desamor— siempre se juegan en lo íntimo. Todo ocurre dentro de nosotros, aunque después se exprese hacia lo social. Ese tránsito de lo íntimo a lo colectivo es quizá lo más difícil y lo más valioso.
–En algunos relatos aparece tu hija. ¿Qué buscas al escribir esos textos tan personales?
–No tanto dejar testimonio como encontrar algo detrás de lo vivido. En un cuento, por ejemplo, ella confía en mí al caminar hacia atrás sin miedo. Ese gesto habla del crecimiento, pero también de mi temor al momento en que deje de hacerlo.
–En Materia escribes que uno no habla de lo que es, sino de lo que teme o desea ser.
–Sí. Mis personajes concentran mis deseos y mis miedos. Santa, de Los lunes al sol, es el que yo querría ser. Otros reflejan lo que temo. Creo que en la escritura siempre están esas fuerzas en juego: lo que perseguimos y lo que evitamos.
–Muchos relatos nacen de lo mínimo, no de grandes escenarios.
–Exacto. No siempre hace falta un campo de refugiados para encontrar una historia, aunque esas realidades deban narrarse. Pero la ficción también se alimenta de lo pequeño: lo que veo por la ventana, un gesto en el metro. Julio Ramón Ribeyro, con sus prosas apátridas, me influyó mucho: descubría en lo cotidiano algo excepcional.
–En La traición de los espejos hablas del paso del tiempo. ¿Qué ves cuando te miras en el espejo?
–Cada vez menos. Los espejos nos traicionan porque revelan el paso del tiempo. Lo cuento desde el humor, aunque siempre hay detrás una melancolía inevitable.
–¿Analizas tus textos una vez publicados?
–No. Sería como hacerme una autopsia. Me quedo con lo que me aportaron en el momento de escribirlos, con la utilidad y la intensidad de ese instante. Después ya no los reviso.
