
Ricardo Hernández. Naturalista y escritor.
Durante los meses de verano, cuando el sol azota con fuerza los campos, la actividad de la fauna se reduce de forma considerable. En las horas centrales del día no se escucha apenas el canto de las aves, los mamíferos permanecen ocultos y hasta los insectos parecen disminuir sus desplazamientos. Sin embargo, el monte sigue rebosando vida, aunque sus habitantes se limitan a poner en práctica diferentes estrategias para soportar las elevadas temperaturas de la época estival.
Los animales, al igual que las personas, necesitan mantener su temperatura corporal dentro de unos límites definidos para cada especie. Cuando el calor ambiental es excesivo, la variedad de seres vivos debe poner en marcha diferentes acciones cuando la temperatura aumenta hasta alcanzar niveles peligrosos. Para conseguirlo, cada grupo animal ha desarrollado diversas adaptaciones fisiológicas y estrategias de comportamiento.
En el caso de las aves, que carecen de glándulas sudoríparas y no pueden refrescarse mediante el sudor, durante las horas más calurosas reducen sus desplazamientos y buscan refugio entre las ramas de los árboles, en lo más espeso del matorral o en cualquier lugar protegido de la radiación solar. Es frecuente observarlas con el pico abierto, jadeando, para favorecer la pérdida de calor a través de la respiración. Algunas también pueden separar ligeramente las alas del cuerpo, permitiendo que el aire circule por las zonas menos cubiertas de plumas para refrescarse.
Los mamíferos recurren a mecanismos diferentes. Especies como el zorro, el jabalí, el tejón o la gineta concentran buena parte de su actividad durante el atardecer y la noche, cuando las temperaturas son más llevaderas. Durante el día descansan en madrigueras, encames, cuevas o zonas de vegetación espesa. Otros animales, como los ciervos y los jabalíes, pueden utilizar charcas y barrizales para refrescarse. El barro, además de ayudarles a reducir su temperatura corporal, forma una capa sobre la piel que dificulta la acción de algunos insectos y parásitos.
En el caso de los reptiles, su relación con el calor es especialmente estrecha. Al no producir suficiente calor corporal por sí mismos (ya que son ectotermos), dependen de la temperatura exterior para mantenerse activos. Un lagarto ocelado puede calentarse al sol durante las primeras horas de la mañana, pero deberá esconderse bajo una piedra, entre las raíces o en una grieta cuando el suelo alcance temperaturas demasiado altas.

Los anfibios, debido a que poseen una piel fina y permeable, deben evitar tanto el calor excesivo como la pérdida de humedad. Durante el verano permanecen ocultos bajo piedras, troncos o en pequeñas cavidades, y muchas especies esperan hasta la noche o aprovechan las tormentas estivales para abandonar sus cobijos.
La aparente quietud del monte durante las horas más calurosas del verano no significa que la vida haya desaparecido. Es, más bien, una forma de resistencia. Mientras nosotros buscamos la sombra de una pared o de un árbol, innumerables animales hacen lo mismo en silencio. Reducen su actividad, modifican sus horarios y aprovechan cada rincón fresco del paisaje. El verano impone sus condiciones y la fauna, después de miles de años de adaptación, sabe cuándo es el momento de moverse y cuando debe permanecer a resguardo.
