Abadía, a 17 de octubre de 2026
MARCIANO MARTÍN CASTELLANO
Sebastián Caballero vivió el sábado 17 de octubre de 2026, en Abadía, uno de esos momentos que permanecen en la memoria. Acostumbrado a investigar la historia del Valle del Ambroz y a recuperar el pasado de sus pueblos, esta vez fue él quien recibió el cariño y el reconocimiento de sus vecinos. Durante la I Fiesta de la Mancomunidad, los aplausos acompañaron a un hombre que, emocionado por el homenaje, comenzó diciendo algo tan sencillo como sincero: «Yo no me merezco esto».
Ocurrió en Abadía, durante la I Fiesta de la Mancomunidad Valle del Ambroz. Allí, ante los aplausos de los asistentes, Sebastián Caballero tomó la palabra con una confesión tan sencilla como emocionante: «Yo no me merezco esto».
No quiso hablar demasiado de sus méritos. Prefirió agradecer el homenaje y dedicar sus palabras a los pueblos, a las personas que los mantienen vivos y a la historia que merece ser conservada.
Porque aquel día, mientras recibía una distinción por su labor como investigador y divulgador, Sebastián Caballero tenía una preocupación muy presente: que el pasado de su tierra sirva también para construir su futuro.
Sebastián Caballero González es una de esas personas.
El sábado 17 de octubre, durante la I Fiesta de la Mancomunidad Valle del Ambroz, celebrada en Abadía, le tocó vivir una situación poco habitual para alguien acostumbrado a hablar de la historia de otros: convertirse él mismo en protagonista de un reconocimiento público.
Los aplausos acompañaron el homenaje. Y cuando llegó el momento de tomar la palabra, Sebastián no comenzó enumerando sus trabajos ni recordando sus investigaciones.

Dijo algo mucho más sencillo:
«Yo no me merezco esto».
Lo dijo con esa mezcla de sorpresa, modestia y emoción que aparece cuando alguien recibe un cariño que no esperaba. Incluso encontró fuerzas para bromear sobre el sobresalto que le había provocado la distinción.
Después reconoció lo que sentía: orgullo, satisfacción y un agradecimiento sincero.
Pero aquel hombre al que acababan de homenajear no quería hablar demasiado de sí mismo. Tenía otras cosas en la cabeza. Y, sobre todo, tenía mucho que decir sobre los pueblos que forman el Valle del Ambroz.
Un reconocimiento que quiso entregar a los demás
Lo primero que hizo Sebastián Caballero fue compartir su homenaje.
Aseguró que quienes verdaderamente merecían aquella distinción eran los alcaldes, alcaldesas, concejales y concejalas de la Mancomunidad.
Habló de ellos con respeto y reconocimiento. De quienes están cerca de los vecinos, escuchan sus preocupaciones y afrontan cada día los problemas que surgen en los municipios.
Recordó que muchas veces son los responsables municipales quienes terminan convirtiéndose en la voz de personas que, por distintas circunstancias, apenas tienen ocasión de hacerse escuchar.
Y destacó algo que considera especialmente importante: su capacidad para mantener unidos a los pueblos.
En una comarca formada por ocho municipios, donde cada localidad tiene sus necesidades y su propia manera de vivir, esa unión adquiere un significado especial.
Sebastián recibió una distinción individual, pero quiso convertirla en un reconocimiento al trabajo colectivo.
Fue una manera de recordar que los pueblos no se sostienen únicamente con edificios, calles o servicios. También necesitan personas dispuestas a preocuparse por los demás.
La historia, esa pasión que nunca se termina
Cuando habló de su dedicación a la historia, Sebastián volvió a quitarse importancia.
Se presentó como un «humilde aficionado» y estudioso de la cultura.
Pero enseguida dejó escapar una frase que decía mucho más sobre él que cualquier presentación formal.
«Es un vicio, me encanta».
La dijo al referirse a su pasión por investigar y conocer el pasado.
Porque para Sebastián la historia no parece ser simplemente una materia de estudio. Es algo que le acompaña, que despierta su curiosidad y que le empuja a seguir buscando.
Cada documento, cada época y cada vestigio pueden abrir una nueva pregunta.
Y, cuando encuentra algo que considera interesante, procura compartirlo mediante sus libros y su labor divulgativa.
No habló de esa dedicación como un mérito extraordinario. Lo hizo con la naturalidad de quien disfruta profundamente con lo que hace.
Quizá por eso su intervención resultó tan cercana. No estaba pronunciando una conferencia académica. Estaba hablando de aquello que le apasiona delante de personas que conocen los mismos pueblos, los mismos caminos y buena parte de los lugares a los que se refería.

La preocupación por unos pueblos que necesitan seguir vivos
La emoción del homenaje dio paso a una preocupación que Sebastián lleva consigo: la despoblación.
Recordó que ocho días antes había participado en un encuentro celebrado en Segura de Toro, donde cuatro expertos analizaron las dificultades que afrontan los pequeños municipios.
Escuchó reflexiones, argumentos y posibles soluciones. Pero regresó con la sensación de que el problema era todavía más complejo de lo que parecía.
«Surgieron muchísimas más preguntas que respuestas», reconoció.
No intentó ofrecer una solución sencilla a una realidad tan difícil.
Sabía que la pérdida de habitantes tiene muchas causas y que mantener vivos los pueblos exige respuestas en distintos ámbitos.
Sin embargo, de aquel encuentro se llevó una convicción que quiso compartir durante su homenaje: la cultura y la historia también pueden ayudar.
Porque detrás de cada pueblo hay algo más que unas cifras de población.
Hay generaciones que trabajaron sus tierras, familias que levantaron sus casas, personas que recorrieron sus calles y una memoria compartida que sigue formando parte de quienes viven allí.
Sebastián cree que conocer y valorar esa herencia puede contribuir a que los pueblos encuentren nuevas oportunidades.
No se trata de pensar que la historia resolverá por sí sola la despoblación. Se trata de no olvidar que también puede formar parte de la respuesta.
Saber quiénes somos
A lo largo de su intervención hubo una idea a la que Sebastián regresó una y otra vez: la necesidad de conocer nuestra propia identidad.
Habló de la historia como una forma de aprender de los errores, comprender lo que se hizo bien y reconocer aquello que distingue a cada lugar.
Pero también como una manera de mirar hacia el futuro.
El Valle del Ambroz recibe visitantes atraídos por sus paisajes, sus pueblos y sus recursos naturales. El turismo es importante para la comarca y ofrece posibilidades de desarrollo.
Sin embargo, Sebastián advirtió de que cada vez son más los destinos que ofrecen experiencias parecidas.
Por eso cree que el Valle del Ambroz no debe limitarse a repetir lo que hacen otros lugares.
Debe encontrar su propia voz.

«Nosotros debemos indagar y saber quiénes somos, y ofrecer lo que somos y cómo somos».
La frase resume una idea que parece sencilla, pero que encierra una reflexión profunda.
Para mostrar a los demás lo mejor de nuestra tierra, primero tenemos que conocerla nosotros.
Saber qué historias guardan sus calles, qué ocurrió en sus pueblos, qué vestigios dejaron quienes vivieron antes y por qué merece la pena conservarlos.
Sebastián no habló de inventar atractivos turísticos. Habló de descubrir y valorar los que ya existen.
Una tierra cuya historia se puede tocar
Cuando comenzó a describir el patrimonio del Valle del Ambroz, sus palabras transmitieron un orgullo especial.
Reconoció que la riqueza natural de la comarca está a la vista de todos. Sus paisajes constituyen una de sus grandes señas de identidad.
Pero quiso detenerse en otro patrimonio que considera extraordinario: el cultural.
«Es inmenso, es inmenso», repitió.
Aseguró que, cuando tiene ocasión, suele defender la importancia histórica del Valle del Ambroz y su enorme riqueza patrimonial.
Recordó que existen testimonios de distintas épocas, desde la presencia romana hasta el mundo visigodo y medieval.
Habló también de otros territorios con un patrimonio destacado, como el Valle del Silencio, en El Bierzo.
Pero su mirada regresó enseguida a los pueblos del Ambroz.
Porque aquí, explicó, la historia no siempre está encerrada en un museo ni alejada de la vida cotidiana.
A veces se encuentra a pocos pasos de casa.
«Aquí nuestro patrimonio, en cualquier pueblo, se puede tocar con la mano».
Quizá fue una de las frases que mejor expresaron su cariño por esta tierra.
Hay piedras antiguas que forman parte del paisaje desde hace tanto tiempo que casi hemos dejado de mirarlas. Construcciones junto a las que pasamos sin preguntarnos quién las levantó. Rincones que conservan siglos de historia y que, por su cercanía, pueden parecernos corrientes.
Sebastián invita a detenerse ante ellos.
A mirar de nuevo.
A comprender que esas huellas no son únicamente restos del pasado, sino parte de la historia de las personas que viven hoy en el Valle del Ambroz.
Y que conocerlas es también una manera de conocernos a nosotros mismos.
Que la historia sirva para mejorar la vida de las personas
Sebastián no quiere que el patrimonio se conserve únicamente para ser contemplado.
Quiere que tenga vida.
Que se investigue, se cuide y se explique. Que quienes visitan la comarca comprendan lo que están viendo y que los propios vecinos conozcan mejor la riqueza que tienen cerca.
Pero también quiere que todo ese esfuerzo se traduzca en oportunidades.
Durante su intervención defendió que el patrimonio histórico puede contribuir a generar empleo, impulsar actividades y mejorar la calidad de vida de quienes habitan los municipios.
No planteó una elección entre conservar la historia o atender las necesidades del presente.
Al contrario.
Su reflexión fue que ambas cosas pueden caminar juntas.
Que proteger un edificio histórico, divulgar una tradición o dar a conocer un vestigio arqueológico puede tener sentido cultural, pero también una repercusión positiva para la vida de los pueblos.
Y que el Valle del Ambroz dispone de recursos suficientes para trabajar en esa dirección.

Una petición a quienes tienen capacidad para decidir
En la parte final de su intervención, Sebastián dirigió una reflexión a los responsables políticos.
Les pidió que miraran el patrimonio con una perspectiva amplia y a largo plazo.
Que comprendieran que invertir en su conservación y promoción no significa destinar recursos a algo que pertenece únicamente al pasado.
Significa apostar por posibilidades de futuro.
«El patrimonio no es un gasto, es una inversión que se hace a largo plazo».
La frase fue una de las más contundentes del discurso.
Sebastián defendió que una gestión inteligente del patrimonio puede repercutir en el empleo, en la economía local y en el bienestar de los habitantes de la comarca.
No prometió resultados inmediatos.
Habló de trabajar con paciencia, de conocer bien lo que se tiene y de tomar decisiones que permitan aprovecharlo sin perder su valor.
En el fondo, su mensaje era también una invitación a pensar en quienes vendrán después.
Porque conservar la historia de un pueblo no consiste solamente en guardar lo que dejaron las generaciones anteriores.
También significa procurar que las siguientes encuentren motivos y oportunidades para seguir viviendo en él.
Un hombre agradecido que quiso hablar de su tierra
El homenaje había comenzado con un Sebastián Caballero sorprendido y emocionado.
Un hombre que, ante los aplausos, decía no merecer aquella distinción.
Pero conforme avanzó su intervención apareció el investigador apasionado, el vecino preocupado por el futuro de la comarca y la persona convencida de que el conocimiento puede ayudar a mejorar la vida de los demás.
Habló de historia, sí.
Pero también habló de personas.
De los representantes municipales que escuchan a sus vecinos. De los pueblos que necesitan oportunidades. De quienes conservan la memoria de generaciones anteriores. Y de quienes tendrán que decidir qué hacer con todo ese legado.
Por eso, aquel homenaje terminó siendo algo más que un reconocimiento a su labor divulgativa.
Fue una ocasión para recordar que el Valle del Ambroz tiene una historia de la que sentirse orgulloso y un futuro por el que merece la pena trabajar.
Un final sencillo, como había empezado
Después de compartir sus preocupaciones y esperanzas, Sebastián volvió al motivo que había reunido a todos en Abadía.
Era un día de fiesta.
Un encuentro entre vecinos de los ocho municipios de la Mancomunidad.
Y quiso despedirse con alegría.
«¡Viva la fiesta! ¡Viva la fiesta de la Mancomunidad y que viva muchos años!», proclamó.
Los aplausos volvieron a acompañarlo.
Había comenzado diciendo que no merecía el homenaje y terminó regalando a los presentes una reflexión sobre el valor de la tierra que comparten.
Quizá ahí estuvo lo más humano de aquella intervención: Sebastián Caballero recibió un reconocimiento por su dedicación a la historia y aprovechó ese momento para pedir que esa historia sirva a las personas que viven hoy en el Valle del Ambroz.
Porque, como dejó claro durante su discurso, el pasado no tiene por qué ser algo que simplemente se recuerda.
También puede ser una razón para seguir creyendo en el futuro de nuestros pueblos.
