A sus cien años, Fermín Domínguez conserva el recuerdo de las largas jornadas en las fábricas textiles, las excursiones por la sierra y la familia que ha formado. Periódico LA ALDABA conversa con este bejarano que comenzó a trabajar a los 14 años y que sigue encontrando motivos para sonreír y cantar.
BÉJAR | 16 de octubre de 2026.
Fermín Domínguez tiene cien años y todavía recuerda con precisión la hora a la que comenzaba su jornada en la fábrica: las dos de la madrugada. También recuerda una fuente escondida en la sierra, un viaje a Cádiz y aquel lagarto que apareció durante una excursión con sus amigos. Son recuerdos de épocas muy distintas que, reunidos, permiten recorrer buena parte de la historia de Béjar a través de la vida de uno de sus vecinos.
Este viernes, 16 de octubre, Fermín ha cumplido un siglo. En la residencia El Buen Pastor, donde vive desde hace más de diez años, las felicitaciones se han sucedido entre familiares, trabajadores y personas que comparten su día a día. La celebración principal se había adelantado al lunes 12 de octubre para facilitar la presencia de la familia durante el puente festivo, pero la fecha de su nacimiento merecía también un encuentro especial.



Conocido en Béjar como «Chori», Fermín recibe las preguntas de Periódico LA ALDABA con buen humor. Antes de hablar de su pasado, le preguntamos cómo se encuentra después de alcanzar una edad tan poco habitual.
«Estupendamente», responde.
No parece dispuesto a quedarse ahí. Rodeado de personas que le muestran su cariño, asegura que todavía tiene motivos para seguir sumando cumpleaños.
«Con estas personas que me quieren mucho, tengo que durar mucho».
La conversación transcurre entre recuerdos, bromas y alguna canción. Fermín habla de su vida sin grandes solemnidades. A veces se detiene en un detalle que podría parecer insignificante; otras, resume años enteros en una frase. Su testimonio devuelve la imagen de una generación acostumbrada al trabajo desde la adolescencia, pero también a disfrutar de los pocos momentos de descanso.
La memoria de una Béjar que vivía al ritmo de las fábricas
Fermín nació el 16 de octubre de 1926, en una ciudad cuya historia estuvo estrechamente ligada a la industria textil. Creció en una familia de ocho hermanos y, como tantos jóvenes de su época, tuvo que incorporarse pronto al trabajo.
Cuando le preguntamos a qué edad comenzó, la respuesta llega acompañada de una explicación sencilla.
«A los 14 años. No había otra cosa en casa, pues había que trabajar».
Fue hilador en las fábricas textiles de Béjar, entre ellas Navahonda. Durante la entrevista recuerda las máquinas, los husos y el movimiento constante que exigía su oficio. Sin embargo, lo que más ha permanecido en su memoria son los turnos.
«Iba a las dos de la mañana hasta las dos de la tarde. ¡Madre mía!», exclama.
Han pasado muchas décadas desde aquellas jornadas, pero Fermín todavía recuerda su dureza. Para los trabajadores textiles, los horarios condicionaban el descanso, la convivencia familiar y buena parte de la vida cotidiana.
Su relato ofrece una mirada personal a un periodo decisivo para la ciudad. Detrás de la actividad de las fábricas estaban las historias de hombres y mujeres que empezaban a trabajar muy jóvenes y que encontraban en la industria su principal medio de vida.
Fermín habla de aquellos años con naturalidad, sin ocultar el sacrificio que suponían. El paso del tiempo no ha borrado el recuerdo de las madrugadas ni de las horas frente a las máquinas.
Fuera del trabajo, su vida fue tomando otros caminos. Se casó con Victoria García Sánchez, con quien tuvo tres hijos: Carlos, Agustín y Marivi.
Al preguntarle por su familia, recuerda con humor la llegada de la pequeña después de los dos varones.
«Menos mal que vino la muchacha», comenta.
Hoy su familia se extiende a seis nietos —Israel, Jaime, David, Sara, Carlos e Iris— y tres bisnietos. De sus siete hermanos, solamente vive Toñi, que comparte con él los recuerdos de una infancia cada vez más lejana.
El apodo de «Chori» también forma parte de esa historia familiar. Procede del bar que regentaron los Domínguez en la calle Olleros, en el barrio de San Juan. El establecimiento estuvo primero en manos de su padre y después de uno de sus hermanos.
El negocio dejó una huella en el barrio y un sobrenombre que terminó identificando a la familia. Fermín lo lleva con absoluta naturalidad.
«Chori, Chori, Chori, nada más», responde cuando sale el asunto durante nuestra conversación.
Los días libres, la sierra y una fuente que no ha olvidado
Si el trabajo ocupó buena parte de su juventud, el campo fue uno de sus refugios.
Cuando le preguntamos qué le gustaba hacer en su tiempo libre, Fermín no habla de grandes acontecimientos. Recuerda los sábados y domingos en los que podía dejar atrás las fábricas y salir a caminar por la sierra.
Aquellas excursiones siguen ocupando un lugar destacado en su memoria. Entre los parajes que menciona aparece una fuente conocida como La Vaquera.
«Ahí tengo una fuente que se llama La Vaquera, preciosa», cuenta.
El recuerdo le lleva a una escena concreta. En una de aquellas salidas, mientras estaba acompañado por otras seis personas, apareció un lagarto de gran tamaño. El animal sorprendió al grupo antes de regresar a su refugio.
Fermín todavía recuerda el episodio con admiración.
«No le hicimos nada porque era precioso el lagarto».
La anécdota, conservada durante tantos años, revela hasta qué punto aquellos paseos formaron parte de su vida. Después de las jornadas de trabajo, la naturaleza le ofrecía un espacio para descansar y disfrutar de una libertad que no encontraba entre las máquinas.
También le preguntamos si había viajado mucho. Reconoce que no demasiado, aunque hay un destino que menciona inmediatamente: Cádiz.
«Una vez a Cádiz, no se me olvida».
El viaje permanece entre sus recuerdos más especiales. Incluso durante la conversación intenta recuperar detalles del lugar en el que se alojó, como si todavía pudiera recorrer aquellas calles.
Son vivencias que Fermín conserva sin necesidad de acudir a fotografías ni a grandes explicaciones. Las cuenta tal como aparecen en su memoria, enlazando personas, lugares y momentos que han resistido el paso de las décadas.
Y entonces llega una pregunta inevitable ante alguien que acaba de cumplir cien años: ¿cuál es el secreto para alcanzar esa edad?
Su respuesta es inmediata.
«Lo primero, no fumar».
Después vuelve a hablar del campo, de aquellos días libres y de la importancia que siempre concedió al contacto con la naturaleza.
«Los sábados y los domingos que tienes libre, al campo o donde sea, respirando aire puro. Eso es lo más bonito que hay».
No presenta sus costumbres como una garantía de longevidad. Son, sencillamente, los hábitos que recuerda con mayor satisfacción y que recomienda desde su propia experiencia.
Pero hay otra pregunta que permite conocer mejor al protagonista. Más allá del trabajo, de los viajes y de los años cumplidos, quisimos saber qué balance hace de su vida.
¿Ha sido feliz, Fermín?
«Feliz, totalmente. Nunca jamás he faltado a nadie».
Lo dice sin vacilar. Y esa respuesta, breve y directa, acaba convirtiéndose en una de las frases más significativas de toda la conversación.
Una canción para celebrar cien años
La entrevista también deja espacio para descubrir al Fermín más espontáneo. Le gusta la poesía, especialmente los versos de Federico García Lorca, y disfruta cantando.
Cuando le preguntamos por esta afición, no se conforma con responder. Empieza a cantar allí mismo, convirtiendo por unos instantes la conversación en un pequeño recital improvisado.
Durante la celebración de su centenario también interpretó «Amor», de Lolita Flores, uno de los momentos más entrañables de una jornada marcada por las felicitaciones.
En la residencia El Buen Pastor conocen bien su carácter. Lleva más de una década en el centro y su sentido del humor forma parte de su manera de relacionarse con quienes le acompañan.
Hasta allí se desplazó también la concejala del Ayuntamiento de Béjar Rosa Sánchez, que le entregó un ramo de flores y se sumó a las felicitaciones por su centenario.
La celebración reunió así a varias generaciones alrededor de un hombre que ha sido testigo de profundas transformaciones. Fermín nació cuando la Béjar textil marcaba el ritmo de la ciudad, comenzó a trabajar siendo un adolescente y ha llegado a los cien años rodeado de una familia que sigue creciendo.
En su relato aparecen las fábricas de Navahonda, el bar Chori de la calle Olleros, los caminos de la sierra y aquella fuente de La Vaquera que recuerda con tanto cariño. También aparecen Victoria, sus hijos y las personas que hoy le acompañan en la residencia.
Antes de despedirnos, Fermín deja claro que alcanzar el siglo de vida no significa que haya perdido las ganas de celebrar.
«Espero que me felicitéis muchos años».
Lo dice con el mismo buen humor con el que ha respondido a nuestras preguntas y se ha animado a cantar.
A lo largo de la conversación, Fermín ha recordado jornadas agotadoras, momentos familiares y pequeñas alegrías que permanecen intactas en su memoria. No ha necesitado adornar su historia ni convertirla en algo extraordinario. Le ha bastado con contarla.
A sus cien años, este bejarano conserva una forma sencilla de resumir todo lo vivido. Una frase que pronuncia con tranquilidad y que, después de escucharlo, adquiere un significado especial: «He sido muy feliz».
Desde Periódico LA ALDABA, felicidades, Fermín, y gracias por compartir con nosotros tus recuerdos.