
Pepe Blanco
Puerto de Béjar, a 30 de diciembre de 2025.
En los pueblos pequeños de Castilla y otras comunidades, al principio del otoño y con la caída de la hoja, la recogida de las setas y la recolección de nueces, también se recogen los helechos ya rojos por el efecto del otoño, que más tarde servirán para “churrascar” el cochino.
El helecho tiene un alto poder calorífico y da un buen sabor a la piel del cerdo. La “moraga” desde tiempos inmemoriales era un medio de subsistencia que se repetía un año tras otro en una economía circular, pero también era una fiesta familiar en el mundo rural que unía a familias y amigos en el cometido de sacrificar los cerdos, generalmente se hacía a partir de la festividad de todos los santos ya que según el refranero castellano “por los santos la nieve en los altos” y la nieve y el frío son el principio para la conservación y la cura de la chacina.
Los chorizos que se colgaban en varas de fresno en los altos de las viviendas con orientación norte para que se “apretaran” con el viento del cierzo, fresco y seco, y con las primeras heladas.
Yo tengo un recuerdo especial de la matanza que hacía mi tía Emilia y el tío Cirilo en Junciana (Ávila) por los años 50-60 y aquello era una auténtica fiesta familiar, no faltaba de nada, porque en aquella casa en tiempos difíciles había siempre abundancia, sin lugar a duda.
Los cerdos se criaban en los bajos de las casas, en un pequeño recinto llamado pocilga o cochinera, y allí se los alimentaba con todo tipo de desperdicios de la casa, residuos de remolacha y patatas.
Entre noviembre y enero se elegía un día para el sacrificio del puerco. Las mujeres en los días previos se ocupaban de amasar el pan en el horno colectivo, ya que las hogazas eran necesarias para la preparación de las morcillas dulces y las migas de pastor que servirían de comida en esas fiestas culinarias.
La matanza se realizaba por familias y siempre había entre ellos un matarife experto que se ocupaba del sacrificio con la necesaria colaboración de cuatro o cinco hombres que sujetaban al animal y una mujer se encargaba de recoger la sangre que se aprovecharía para las morcillas.
Ya matado el animal se colocaban sobre él los helechos y se prendía fuego para “churrascar” los pies y posteriormente se raspaban con los cuchillos y navajas el pelo del animal.
Este olor se esparcía por todo el pueblo, poniendo sobre aviso a todo el vecindario de que alguna familia estaba de “moraga”.
Y así la “moraga” era una fiesta en el discurrir del otoño camino del invierno y a la espera de las fiestas navideñas, que eran las que ponían fin al año.
Decía un antepasado mío que los cerdos curaron en tiempo de la posguerra más enfermedades que la penicilina, sin más.