
Por Rosa María Sánchez de la Vega.
Madrid, a 21 de diciembre de 2025.
Nuestra recomendación de lectura de este mes nos traslada a la Roma de Julio César, pero también a nuestro propio tiempo. En Los tres mundos (Planeta), tercera entrega de su monumental saga, Santiago Posteguillo vuelve a las raíces del poder y de la política para recordarnos que la historia, a veces, solo cambia de escenario.
En tiempos de crispación política y discursos extremos, el autor de Yo, Julia y Roma soy yo reconstruye la figura del líder que cambió el destino de Occidente —el político que supo unir poder, estrategia y empatía— y la coloca frente al espejo del presente. Pero lo que late bajo cada página no es solo historia antigua, sino una mirada lúcida a nuestro tiempo: a la ambición, al liderazgo y a la creciente dificultad de dialogar sin destruirse.

Posteguillo no escribe solo sobre Roma: escribe sobre nosotros. Sobre líderes que ya no pisan el terreno, que toman decisiones desde la distancia cómoda de los despachos; sobre cómo la política se ha vuelto una guerra sin adversarios visibles, donde la estrategia y la empatía ya no conviven. “Hoy las guerras se deciden desde despachos por ambiciones políticas y económicas, no pensando realmente contra quién se lucha”, afirma el escritor, y la frase resuena con inquietante vigencia. Basta mirar a nuestro alrededor —a las guerras que se retransmiten en directo o a las trincheras digitales de la polarización— para entender que su Roma no es pasado, sino advertencia.
El autor valenciano retrata a un Julio César más humano y más complejo que nunca: el estratega brillante que sabe perdonar, el político que entiende el poder como equilibrio, el padre que teme por su hija Julia mientras el mundo arde a su alrededor. “César no fue un dictador ni un genocida; perdonaba a sus enemigos y los incorporaba al Senado”, recuerda Posteguillo, desmontando la caricatura de un conquistador implacable. Su César no solo domina el arte de la guerra, sino también el de la reconciliación —un gesto que, en nuestros días, se confunde a menudo con debilidad.
Ese matiz, el del perdón político como forma de inteligencia, atraviesa toda la novela. Posteguillo utiliza la Roma republicana para reflejar el peligro de la división absoluta. “La historia demuestra que, cuando se enfatiza lo que nos separa en lugar de lo que nos une, las cosas acaban mal.” Es una advertencia que trasciende los siglos: la polarización no es nueva, pero siempre termina igual —con la ruptura de los consensos y el derrumbe de las instituciones. Su Roma es una metáfora del presente: un Estado poderoso, culto y sofisticado, que se consume por dentro al convertir el debate en una guerra civil de ideas.
Pero Los tres mundos no se limita a la lección moral o histórica. Posteguillo, que domina el ritmo narrativo con la precisión de un guionista y el pulso del novelista clásico, convierte la lectura en un viaje por Galia, Roma y Egipto: tres escenarios donde la estrategia militar, la intriga política y la pasión humana se entrelazan. Allí aparece también Cleopatra, personaje fascinante que —según confiesa el autor— se le “rebeló” y exigió protagonismo. “¿Quién soy yo, humilde juglar del siglo XXI, para negarle páginas a toda una Cleopatra?”, dice entre risas, consciente de que incluso los personajes históricos tienen vida propia cuando están bien escritos.
Entre batallas, pactos y traiciones, Posteguillo levanta una reflexión sobre el liderazgo y la condición humana. ¿Qué mueve a un hombre poderoso? ¿Qué queda de él cuando las victorias se apagan? En la mirada de César —más padre que conquistador, más político que tirano— el autor encuentra una respuesta que podría aplicarse a cualquier gobernante actual: el poder sin compasión conduce inevitablemente al desastre.
La novela, que culmina la “trilogía del ascenso”, prepara el terreno para la siguiente etapa de la saga: el poder absoluto y la caída. Pero más allá de su ambición literaria, Los tres mundos nos recuerda por qué Posteguillo es uno de los narradores más leídos de nuestro tiempo: porque logra que el pasado respire en el presente y que las grandes figuras del Imperio romano nos hablen de lo que somos hoy.
Su lectura es una inmersión en el origen de nuestras tensiones políticas y una invitación a recuperar algo tan antiguo como necesario: la empatía en medio del conflicto. Porque, como advierte el propio Posteguillo, la historia no se repite, pero rima. Y cada vez que la olvidamos, alguien vuelve a construir una guerra —real o simbólica— desde un despacho.
Los tres mundos no solo rescata a César: nos interpela a todos.