El pregonero de las fiestas del Bendito Cristo de la Piedad repasó ante sus vecinos su llegada al pueblo hace más de sesenta años, recordó a familiares y amigos desaparecidos, recuperó viejas anécdotas y reivindicó la memoria, la concordia y la convivencia
Por Marciano Martín Castellano.
Puerto de Béjar, a 17 de septiembre de 2026.
Pepe Blanco comenzó su pregón mirando al presente, pero enseguida terminó hablando del pasado. Era el momento de anunciar el comienzo de las fiestas del Bendito Cristo de la Piedad, pero las primeras palabras del pregonero fueron abriendo poco a poco una puerta hacia otro Puerto de Béjar, el que conoció hace más de sesenta años y en el que fue dejando, con el paso del tiempo, una parte importante de su vida.
El pasado viernes, 12 de septiembre, Pepe Blanco se dirigió a los vecinos después de haber recibido la insignia de oro del pueblo, una distinción que adquirió un significado especial a medida que avanzaba su intervención. Porque su pregón no fue solamente una invitación a disfrutar de las fiestas. Fue, sobre todo, un relato personal lleno de nombres, recuerdos y pequeñas historias que acabaron componiendo el retrato de varias generaciones de Puerto.
Comenzó hablando de lo que significa regresar a un pueblo en fiestas. De las calles que vuelven a llenarse, de las campanas de la iglesia, de las conversaciones en la plaza, de los niños y de los mayores, de la música recorriendo las calles y de esa sensación de volver a casa que conocen especialmente quienes han tenido que marcharse durante una parte de su vida.
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Y desde ahí llegó la memoria.
Pepe recordó que llegó a Puerto por primera vez hace más de seis décadas y que nunca volvió a olvidarse del pueblo. Recordó también su sorpresa al descubrir que allí se celebraban cuatro fiestas al año. Eran otros tiempos y eran también otras maneras de divertirse. En su relato aparecieron el salón de Constancio, Pérez, Paco y Peralo, nombres que pertenecen a aquel Puerto que el paso de los años ha ido transformando, pero que permanece intacto en la memoria de quienes lo vivieron.
El pregonero habló también de Isabel y de las dificultades que tuvo que superar aquella relación en sus comienzos. Su padre se opuso rotundamente, recordó Pepe, hasta que finalmente terminó imponiéndose el sentido común. Y aquella historia personal fue también el comienzo de una relación todavía más profunda con Puerto, un lugar en el que acabaría encontrando amigos, familia y una segunda casa.
En su recorrido aparecieron nombres que para Pepe representan mucho más que una simple amistad. Habló de Luis, el fotógrafo de entonces; de Bernardo; de Ramón Fernández, cuya casa fue la primera que pisó en Puerto; y de Manuel Lomo, su suegro, cuya cooperativa le dejó en la memoria una imagen difícil de olvidar: un enorme montón de manzanas.
La anécdota llegó después, contada con ese sentido del humor que estuvo presente durante todo el pregón. Un día Pepe se llevó un saco de aquellas manzanas a casa y su madre, al verlo, pensó que las había robado. La solución fue sencilla: devolverlas inmediatamente al lugar de donde las había cogido.
Pequeñas historias de otro tiempo que, contadas muchos años después, adquieren una dimensión diferente. Porque eso fue precisamente lo que hizo Pepe durante su pregón: recuperar momentos aparentemente sencillos para demostrar que son esas pequeñas escenas las que terminan construyendo la memoria de un pueblo.
Las bicicletas y el perro del Reguero
Uno de los momentos más divertidos llegó cuando recordó sus primeros viajes a Puerto en bicicleta. Primero con su amigo Paco, que con el tiempo acabaría siendo también su cuñado, y posteriormente con otra bicicleta que les vendió Serafín Sánchez.
Con dos bicicletas, explicó Pepe, la cosa cambió.
Aunque todavía quedaba un obstáculo.
Al pasar por la finca del Reguero les salía al encuentro un perro que, según recordó, «era una fiera». Había entonces que pedalear con todas las fuerzas para dejarlo atrás. Y Pepe explicó entre risas que aquellos jóvenes se jugaban la vida para poder llegar hasta Puerto y pasar un rato con sus novias.
La escena arrancó probablemente más de una sonrisa entre quienes escuchaban el pregón. Pero detrás de la anécdota había también una época. Una manera de desplazarse, de relacionarse y de vivir los pueblos que hoy forma parte de la memoria de quienes la conocieron.
Pepe fue saltando así de una historia a otra, de un nombre a otro, como quien abre un viejo álbum de fotografías.
Los que ya no están
Pero el tono cambió cuando llegó el momento de recordar a quienes ya no pueden estar presentes en las fiestas.
Pepe quiso acordarse de algunos vecinos que fueron importantes en su vida y en la historia cotidiana del municipio. Habló de Félix Sastre, al que definió como un hombre culto sin haber pisado una universidad; de José Narrillos, «el hombre de los mil motes»; de Antonio Sastre, Tete, siempre dispuesto a arrimar el hombro; de Daniel el Barbero y su buen talante; y de Jacinto, tan ligado a la iglesia, de quien dijo, mezclando emoción y humor, que los buenos cimientos del templo parecían dejarlo «un poquito cojo» sin su presencia.
También estuvo presente el recuerdo de su cuñado, ya fallecido, que fue alcalde de Puerto de Béjar. Su figura se incorporó de manera natural a ese recorrido por las personas que han formado parte de la vida de Pepe y de la historia del municipio.
No fue una enumeración de ausencias. Fue una manera de traerlos de nuevo al presente.
Pepe lo resumió con una frase contundente: «No quiero olvidar mi pasado, el que lo olvida está muerto».
Un recuerdo para los que tuvieron que marcharse
El pregonero quiso mirar también hacia quienes tuvieron que abandonar Puerto en busca de trabajo y de una vida mejor.
Recordó a los paisanos que viven lejos y que muchas veces solamente pueden regresar durante las fiestas patronales. Para ellos pidió una acogida especial y una estancia feliz, porque, aunque hayan tenido que construir sus vidas lejos, siguen formando parte de Puerto.
Su mensaje fue sencillo: quien se marcha no deja necesariamente de pertenecer al lugar del que procede.
Las fiestas son, precisamente, uno de esos momentos en los que las distancias parecen acortarse. Las familias se reúnen, los amigos vuelven a encontrarse y las calles recuperan durante unos días rostros que el resto del año viven lejos.
Un pregón para recuperar la concordia
Pepe no quiso que su intervención se quedara únicamente en la nostalgia. Después de mirar hacia atrás, quiso hablar también del presente y de la manera en que los vecinos deben vivir las fiestas.
Pidió alegría, respeto y responsabilidad, pero sobre todo pidió humor. Que no falten las bromas, la compañía y las ganas de pasarlo bien. Que durante unos días Puerto sea capaz de dejar aparcadas las diferencias y volver a encontrarse.
«Las personas, los seres humanos, están por encima de todo», afirmó durante su intervención.
En esa misma línea quiso reconocer a todas las personas que trabajan para que Puerto pueda celebrar sus fiestas: el Ayuntamiento, las asociaciones, los voluntarios, la comisión de fiestas, los trabajadores municipales y todos los vecinos que aportan su tiempo y su esfuerzo.
«Es de bien nacido ser agradecido»
En la parte final del pregón, Pepe habló de la palabra «gracias».
Agradeció a la corporación municipal la invitación para pronunciar el pregón y el reconocimiento recibido. También tuvo palabras para las corporaciones anteriores que dedicaron su tiempo al municipio de manera desinteresada.
Y recordó una enseñanza que aprendió en su familia y que, según explicó, el paso del tiempo no ha hecho más que confirmar: «Es de bien nacido ser agradecido».
La última idea de Pepe fue la concordia. Que las fiestas sirvan para unir y para recordar que, por encima de las diferencias, está la convivencia.
«Grande es el que hace grande a los demás», afirmó.
Después llegaron los vivas al Bendito Cristo de la Piedad y a Puerto de Béjar. El pregón había terminado, pero durante unos minutos el pueblo había viajado con Pepe por más de seis décadas de recuerdos.
Y no hacía falta añadir mucho más.
¡Viva el Bendito Cristo de la Piedad!
¡Viva Puerto de Béjar!
Terminó Pepe Blanco.
